Orientemos nuestra vida a la Parusía del Señor.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Al concluir el periodo litúrgico que antecede al tiempo de Navidad, pensamos que no nos sirve de nada el hecho de recordar el Nacimiento de Nuestro Señor, si no orientamos nuestra vida a su Parusía -o segunda venida al mundo-. Nuestro Salvador vino a Palestina hace veinte siglos y nos redimió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección. Al recordar la Natividad del Mesías, no vamos a vivir una obra teatral para pasar el tiempo, pues vamos a fortalecer nuestra fe en el cumplimiento de las promesas bíblicas que aún aguardamos.
El día de Navidad simboliza la llegada del Domingo sin ocaso en que viviremos en la tierra cuando la misma sea el Reino de Nuestro Padre común, más allá de las circunstancias que actualmente nos impiden gozar de la plenitud de la felicidad divina.
Aunque desconocemos el día y la hora en que Jesús vendrá nuevamente a concluir la redención de la humanidad, es conveniente que vivamos como si tal acontecimiento estuviera a punto de acaecer. Esperar el retorno de Jesús, no significa que nos olvidaremos de la realización de las actividades que desempeñamos como desgraciadamente hacen los adeptos de ciertas denominaciones cristianas, sino que realizaremos las mismas con mayor ahínco, como si de ello dependiera la salud de nuestra alma. La citada espera tiene que ser gozosa, por consiguiente, para que ello sea cierto, nos es necesario experimentar la salvación, en nuestro entorno familiar, en el ambiente laboral en que nos desenvolvemos, y en nuestro círculo de amigos.
1. La importancia de la formación.
Para poder experimentar la salvación, -recordemos que ello sólo puede sucedernos actualmente por medio de la fe-, necesitamos formarnos en el conocimiento, tanto de la Palabra de Dios, como de la doctrina eclesiástica. Para ilustrar la importancia que tiene el conocimiento de Dios y de la enseñanza de la Iglesia, os cuento que mi mujer, cuando nos conocimos en el año 1999, tenía un gran deseo de aprender a cocinar. Para que pudiera cumplir su aspiración, le sugerí que utilizara Internet, y, en este tiempo, tiene un recetario enorme, y tiene bastante soltura en la cocina, de hecho, su deficiencia visual, no la ha obstaculizado a la hora de trabajar en el campo de la Hostelería.
Recuerdo que, cuando era catequista, con tal de aumentar mi conocimiento de Dios, le pregunté a un seminarista: -¿Qué libro me recomiendas que lea para conocer más a Dios?
El seminarista, me dijo: -Lee los Evangelios.
-Los he leído muchas veces, -contesté-. Necesito buscar libros que contengan la interpretación de los milagros y las parábolas de Jesús.
Mi amigo, me dijo pacientemente: -Lee los Evangelios, porque nadie te los va a interpretar mejor de lo que lo hará el Espíritu Santo, a medida que estés preparado para conocer a Dios.
Hubo una ocasión en que uno de mis amigos catequistas dejó de leer los Evangelios, con la excusa de que estaba cansado de leer siempre los mismos relatos, los cuales, decía que no le aportaban ninguna nueva enseñanza. Tal decisión fue incoherente, pues condujo a tal amigo, no sólo a dejar de ser catequista, sino a separarse de la fundación de Cristo. Desgraciadamente, mi amigo, -en perjuicio de su fe-, obvió el consejo que San Pablo le escribió a su colaborador, el Obispo San Timoteo: (1 TIM. 4, 13-14).
San Pablo le escribió unas palabras al citado Obispo que podemos aplicárnoslas todos los cristianos, independientemente de que seamos laicos o religiosos (1 TIM. 4, 16).
Nos es necesario vigilar nuestra vida. Tenemos que controlar nuestra forma de actuar para no alejarnos de la presencia de Nuestro Padre común. A todos los predicadores nos gusta mucho cosechar abundantes frutos para que los recolecte el Sembrador, por eso, cuando constatamos cómo muchos de nuestros hermanos dejan de leer la Biblia por aburrimiento, y sospechamos que ello afectará la fe de los tales, sentimos que hemos cometido un grave error.
Por causa de nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, hemos aprendido que las circunstancias adversas que vivimos, no son inútiles, sino que tienen el propósito de fortalecernos. Esta es la causa por la que quiero recordarles las siguientes palabras del Apóstol a quienes tienen problemas económicos: (1 TIM. 6, 6-10).
Apliquémonos estas otras palabras que San Pablo le escribió al Obispo Timoteo: (1 TIM. 6, 12).
Aquellos que se dicen creyentes, para quienes la Navidad sólo es un tiempo destinado a despilfarrar grandes cantidades de dinero, podrían aplicarse las siguientes palabras bíblicas, si verdaderamente son cristianos practicantes: (1 TIM. 6, 17-19).
2. La importancia de la acción.
Por medio de la acción, ponemos en práctica los conocimientos que adquirimos por medio de la formación constante. La acción tiene la virtud de demostrar si somos cristianos veraces, o si, por el contrario, nuestros intereses no están relacionados con la salvación de nuestra alma. Esta meditación me hace pensar que, el hecho de tener ciertas comodidades en la vida, en lugar de ser positivo para mucha gente, ha sido negativo, porque, al no tener la necesidad de aprender a lograr lo que desea con empeño, no ha desarrollado la capacidad de esforzarse mucho sin pensar que tal esfuerzo merece la pena ser llevado a cabo.
Desgraciadamente, muchos padres que se han obstinado en concederles a sus hijos todo lo que ellos no han podido tener, han cometido el error de criar a sus descendientes sin disciplinarlos, lo cual tiene un coste demasiado elevado, cuya factura han de pagar, tanto unos como otros. Muchos jóvenes conocen perfectamente sus derechos, pero también son expertos en el hecho de eludir sus responsabilidades.
Hacer el bien es una tentación, cuando sabemos que por ello vamos a ser recompensados, pero, cuando ello es verdaderamente meritorio, es cuando sabemos que no se nos van a reconocer las obras que hacemos. Es necesario que pasemos por esa desagradable situación, con tal que podamos averiguar la fortaleza de la fe que nos caracteriza.
3. La importancia de la oración.
La oración es muy atractiva en el tiempo de Navidad, para quienes se imaginan que acurrucan al Niño Dios entre sus brazos, lo besan, lo acarician, e incluso le cantan para que se duerma. Es necesario que no hagamos de la oración un teatro estéril, y que aprovechemos nuestra conversación, tanto con Dios como con sus Santos, para fortalecer la fe que nos caracteriza. De nada nos sirve derrochar ternura en el campo de la imaginación, en que pensamos que tenemos al Niño Jesús entre los brazos, si, al despertar de nuestro sueño, tratamos mal a nuestros prójimos.
Tengamos en cuenta que la oración es una acción de santos. No hagamos de la oración un teatro, porque, aunque no sabemos pedirle a Dios que nos ayude a sobrevivir a nuestros problemas más urgentes de resolver, el Espíritu Santo lleva a cabo esta labor en nosotros, pues, San Pablo, nos dice, las palabras que encontramos, en ROM. 8, 26. San Juan, nos dice estas otras palabras, que leemos en 1 JN. 5, 14-15.
¿Cómo tenemos que orar, para lograr que Dios escuche nuestras oraciones? Incluso aunque vivamos teniendo fe, y haciendo el bien, es posible que Dios tarde en concedernos lo que le pedimos, e incluso que no nos lo otorgue muchas veces, porque, dado que nuestra vida está encaminada a la Parusía de Jesús, es necesario que nuestra fe sea puesta a prueba, con el fin de que sea fortalecida.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com