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Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.

   Meditación.

   1. Son varias las clasificaciones de determinadas lecturas que la Iglesia nos propone para que celebremos este Domingo II de Navidad, en que volvemos a recordar todas las enseñanzas que recibimos de la Palabra de Dios durante el Adviento, para que no olvidemos la importancia que tiene para nosotros el Nacimiento de Nuestro Hermano y Dios Jesús. Como aún tenemos muy reciente la citada enseñanza, deseo dirigir mi meditación a la próxima celebración de la Epifanía del Señor. Sabemos que esa celebración es la manifestación de Jesús a todas las naciones, así pues, mientras que muchos judíos se gozaban esperando el nacimiento de un Mesías nacionalista, Nuestro Señor quiso hacer que su estrella brillara en el cielo, de tal forma que los no judíos -o gentiles- se alegraron antes que los hermanos de raza de Jesús del Nacimiento del Enviado de Dios. Isaías, en la primera lectura, nos ha dicho que la gloria del Señor resplandecerá sobre nosotros, los que intentamos que el resplandor de la estrella divina, no se apague en nuestras vidas ni en el ambiente en que vivimos.

   2. Es muy significativo el relato que San Mateo nos propone en su Evangelio respecto de la celebración que tendrá lugar en todo el orbe cristiano el próximo martes día seis. Unos astrólogos orientales llegaron a Jerusalén siguiendo la estrella de la fe que los conducía ante la presencia de Aquel de quien Zaratustra decía que estaría posibilitado para encaminar a quienes siguieran su voz por el camino de la verdad y la justicia. De igual manera que nos debilitamos ante la pequeñez de nuestra fe y el aumento de las posibles dificultades que podemos tener, los magos orientales perdieron el rastro lumínico de la estrella que seguían, y, antes de volverse a sus países de origen desilusionados, decidieron poner la última carta que les quedaba sobre el tapete, y preguntarle a Herodes por el personaje que iban buscando.

   Los judíos estaban tan seguros de que el Mesías nacería en aquel siglo, que, durante las últimas décadas, surgieron en Palestina entre cuatro y seis docenas de falsos mesías, de quienes sabemos que muchos fueron asesinados para complacer a la mayor parte de los sanedritas y demás miembros de la alta esfera social judía. A pesar de esa evidencia, ni los escribas podían imaginarse que el Mesías podría haber nacido en Belén en cumplimiento de la predicción de Miqueas, de una forma tan humilde que ellos no se hubieran percatado de tan magno acontecimiento (MIQ. 5, 2). Este hecho se asemeja a aquellas ocasiones en las cuales les decimos a los niños pequeños que no cojan un cuchillo para no cortarse, y hacen lo contrario que les pedimos, así pues, Miqueas dijo que el Mesías nacería entre los más humildes habitantes de Israel, pero, quienes odiaban la pobreza, lo imaginaban sentado en un trono de gloria, concediéndoles todo tipo de regalos.

   Los judíos estaban alarmados porque el Nacimiento del Mesías podía significar una gran revolución, la eliminación del poder romano, o la esclavitud permanente bajo el poder de Tiberio César y sus sucesores. Herodes se alertó pensando que no podía permitir que nadie se sublevara contra su persona. Era tanta la ambición del Rey, que este asesinó a dos de sus mujeres y a varios de sus hijos, porque temía que estos se revelaran contra él. Durante los treinta y seis años que duró el reinado de aquel de quien dijo Tiberio que ante él era mejor ser su cerdo que ser su hijo, porque los judíos no comían carne de cerdo y el rey mandó matar a tres de sus descendientes, no hubo un sólo día en que aquel idumeo no ordenara derramar sangre inocente.

   ¿Cómo contemplarían los astrólogos de Oriente aquella escena? Ellos habían viajado durante muchos días para encontrar confundida a la ciudad de la fe, al país de los Profetas de quienes sus antepasados aprendieron la Palabra de Dios, durante el tiempo que los judíos fueron deportados a Babilonia.

   ¿Cómo reaccionamos al confrontar los sucesos trágicos que se suceden en la sociedad y en nuestras vidas?

   ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra alegría y nuestro dolor?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com