Meditación.
La Infancia de Jesús.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).
Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.
Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.
La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.
El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
(IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.
El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.
(IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.
(IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
(1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).
Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.
(LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).
Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).
(MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).
(MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.
(MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
(MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.
(LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).
En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.
La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.
¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.
(LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.
(LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.
(LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.
(MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
(MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.
(MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.
(MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.
(LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.
(LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.
Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.
Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
José Portillo Pérez.
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