Meditación.
La ilusión.
Estimados hermanos, amigos y simpatizantes de Trigo de Dios, y de todos los sitios de Internet en que se publica esta meditación:
Os deseo una feliz Navidad. Os deseo que Nuestro Padre común cumpla vuestras más profundas aspiraciones.
La Navidad, sin duda alguna, es la fiesta de la ternura y la ilusión. La Navidad es la fecha en que se nos insta a que aprendamos a vivir con ilusión, a pesar de los problemas que caracterizan nuestra vida muchas veces. Hemos de pensar que vivimos para esperar, así pues, cuando éramos niños deseábamos ser adolescentes, cuando fuimos jóvenes deseamos independizarnos de nuestros padres, cuando nos independizamos deseamos mejorar en todos los aspectos de nuestra vida, y, sin darnos cuenta, llegaremos a la ancianidad caracterizados por el inconformismo consecuente de nuestro deseo de perfeccionarnos, en cuanto ello nos sea posible.
¿Cómo nos sentimos cuando esperamos vivir una situación cualquiera? Ello depende de si lo que esperamos es deseado por nosotros o no. No es lo mismo esperar que se produzca una situación esperanzadora que esperar que se produzca un hecho doloroso o molesto.
Dado que en este día celebramos el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor, en el tiempo de Navidad, ilustramos el significado de la esperanza, pensando en la ilusión que tienen quienes saben que van a ser padres dentro de poco tiempo, muchos de los cuales, aunque sus hijos aún no han nacido, ya viven pensando hasta en la hora que los tales tendrán que volver a sus casas durante su adolescencia cuando salgan con sus amigos las noches de los fines de semana.
La ilusión de los niños consiste en tener muchos regalos y tiempo para jugar con sus amigos. La ilusión de los jóvenes consiste en lograr su independencia de los padres y en poder realizarse llevando a cabo su vocación. La ilusión de los trabajadores es plena cuando los tales obtienen los medios necesarios para vivir con sus cónyuges e hijos. La ilusión de los religiosos es plena cuando los tales se percatan de la utilidad de la realización de su vocación, tanto para sí mismos como para quienes laboran diariamente. La ilusión de los ancianos es plena cuando los tales viven rodeados de sus hijos y nietos...
La mayor ilusión de los cristianos practicantes, consiste en que se cumplan las siguientes palabras que nos enseñó Jesús, cuando nos transmitió la oración del Padre nuestro: (MT. 6, 10).
Dado que nuestra mayor aspiración consiste en que la tierra sea el Reino de Dios, y, para que ello suceda, es necesario que la voluntad de Nuestro Padre común sea cumplida por toda la humanidad, nos es necesario saber qué es lo que Nuestro Creador quiere de nosotros.
Todos los años celebramos la Navidad, y, consecuentemente, recordamos los mismos textos relativos a la Natividad de Nuestro Hermano y Señor. podríamos reflexionar sobre si dicha celebración es útil para nosotros, o si sólo es una representación teatral a nivel religioso, o si nada más que se reduce a la fiesta materialista del Nacimiento del Mesías.
El hecho de saber qué quiere Dios de nosotros es bastante misterioso, cuando no conocemos a Nuestro Padre común, y, aún cuando conocemos al Dios Uno y Trino, el citado hecho no deja de ser misterioso cuando sufrimos por cualquier causa.
¿Qué quiere Dios de nosotros?
¿Por qué no excluye Nuestro Padre común el dolor del mundo?
¿Qué sentido tienen las circunstancias que vivimos que, por el sufrimiento que nos producen, consideramos adversas?
Dado que en la Palabra de Dios predicada por Jesús se vislumbran esquemáticamente todas las respuestas vitales de alguna manera, Nuestro Señor, nos dice las palabras expuestas en JN. 6, 29.
¿Se nos va a restablecer la salud física o psíquica a los enfermos en este día, porque creemos en Jesús?
¿Solventarán sus problemas conyugales en esta Navidad quienes sufren por causa de los mismos, sólo por creer en Jesús?
La Biblia no es un manual completo de Psicología, pero, a pesar de ello, en sus páginas, nos es necesario descubrir el amor bondadoso, y la sabiduría de Nuestro Padre común, así pues, si esperamos con ilusión el día en que la tierra sea el Reino de Dios, ello sucede, porque esperamos que Jesús nos responda las preguntas cuya respuesta anhelamos, para descubrir el más pleno sentido de nuestra vida, que actualmente captamos por medio de nuestra fe.
Dado que las Palabras de Nuestro Salvador y la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor encierran en sí las razones que tenemos para desear alcanzar la plenitud de la felicidad, teniendo en cuenta que Jesús eligió la vivencia del atroz dolor para hacernos creer que Dios nos ama, nos es fácil comprender la razón por la que la Navidad es la fiesta de la ilusión y la ternura.
Recientemente he conocido a una amiga sudamericana, que me ha dicho que no se ha arrepentido de tener a sus dos hijos, porque, los tales, en medio de sus dificultades, la ayudan a seguir viviendo, no con el dinero que le aportan, porque son pequeños y la crianza y la educación de los mismos le exigen multitud de esfuerzos, sino, con su presencia. Puede sucedernos que suframos mucho, por no comprender el concepto de la verdadera felicidad cristiana. Nuestra felicidad en el Reino de Dios será plena, pero, actualmente, no podemos alcanzar dicho estado de gozo, por lo que, consecuentemente, tenemos que disfrutar los momentos de dicha que vivimos.
No podemos alcanzar la plenitud de la felicidad en esta vida, porque no gozamos de la perfección de Dios. Si estamos enfermos, tenemos que dar por supuesto el hecho de que tenemos que aprender a vivir en medio de nuestras dificultades. Quienes están sanos y se puede decir de los tales que tienen muchas oportunidades para desenvolverse en la vida, pueden renunciar a la consecución de la felicidad que está a su alcance, si ceden ante la incontrolable ambición de riquezas, poder y prestigio, que atentan cuales tiranos sin escrúpulos contra el mundo en que vivimos.
Una de las causas por la que no somos felices, surge de nuestra obstinación en ambicionar lo que no podemos tener. Puede sucedernos que no seamos felices pensando en lo que tenemos y en lo que podemos hacer, por pensar en aquello que nos falta y en llevar a cabo las obras cuya realización no está a nuestro alcance.
La Navidad es tiempo de intercambiar regalos. En este tiempo de crisis que vivimos, podemos -y debemos- intercambiar regalos para hacernos felices unos a otros, los cuales, no necesariamente, ni tienen que tener coste económico, ni, en el caso de que tengan valor monetario muchos de ellos, tienen por qué tener un elevado precio. Vivimos un tiempo de crisis porque mucha gente ha intentado enriquecerse en poco tiempo y haciendo pequeños esfuerzos, lo cual, no siempre es factible, y, para que lo sea, es necesario tener lo que conocemos como "suerte", o llevar a cabo prácticas ilegales e inmorales.
Dado que no podemos amar a quienes no conocemos, para que nuestra vida cristiana esté caracterizada por la ilusión, tenemos que conocer la Palabra de Dios, de quien podemos leer, en el libro bíblico de los Salmos, las palabras escritas en el SAL. 16, 7.
Es necesario que valoremos la Palabra de Dios, dado que, por la misma, podemos conocer la voluntad de Nuestro Santo Creador. En el libro de los Salmos, se nos insta a que se cumplan en nosotros las siguientes palabras, referentes a nuestra aceptación de la Palabra del Dios Uno y Trino: (SAL. 1, 2).
¿Nos complacemos en la recitación/meditación de la Palabra de Dios y en el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común?
¿Meditamos la Ley de Dios interiormente en nuestros ratos de oración, con tal de no olvidar cuál es la voluntad de Nuestro Padre común, ni qué es lo que quiere exactamente de nosotros?
Más arriba hice referencia al hecho de que todos los años leemos los mismos textos relativos al Nacimiento de Nuestro Salvador durante el tiempo de Navidad. Sería interesante el hecho de que no acojamos el contenido de las citadas lecturas dejándonos embargar por la rutina, y que examinemos lentamente dichos textos, intentando captar el contenido de los mismos, así pues, ¿somos conscientes del significado que tienen para nosotros las siguientes palabras del primer Isaías? (IS. 9, 5).
¿Por qué nos dice el autor de la citada profecía que se nos ha dado un Hijo? Ello se debe a que Nuestro Salvador se hacía llamar Hijo del hombre, pensando en el siguiente texto profético de Daniel: (DN. 7, 13-14).
Jesús fue glorificado por Nuestro Padre común después de que aconteciera su Ascensión al cielo. Dicha glorificación fue la consecuencia de que Nuestro Salvador llevó a cabo la labor de redimirnos, la cual le fue encomendada por Nuestro Santo Padre. De este hecho podemos deducir una enseñanza importante, quienes, al tener muchas facilidades en la vida, no hemos aprendido que el hecho de adquirir experiencias y bienes exige sacrificios.
Esta noche es trascendental para quienes creen que el sentido de su vida lo constituye el Dios de quien proceden y en cuya presencia están destinados a vivir. En la noche en que celebramos el Nacimiento de Nuestro Redentor, adquieren un importante significado las siguientes palabras de San Pablo: (TT. 2, 11).
¿Qué significa el hecho de que la bondad de Dios se ha hecho visible? Ello significa que Jesucristo, -la personificación de la bondad divina-, vino al mundo para deizar a la humanidad. La bondad de Dios no se ha hecho visible llevando a cabo una obra insignificante para que la contemplemos como quien mira su imagen en un espejo, sino que se ha sacrificado para obtenernos la salvación, uniéndose a nosotros en nuestra muerte, para, después de resucitar, concedernos su vida. Nuestra imperfección le causó la muerte al Hijo de Dios, el cual, por cuya perfección y santidad, tiene la virtud de divinizarnos, y de concedernos la vida eterna.
Agradezcámosle al Dios Uno y Trino el hecho de habernos redimido, y veneremos a Santa María y a San José, cuya entrega generosa a Dios, es un gran ejemplo de fe para nosotros, quienes no nos decidimos a confiar plenamente en Nuestro Creador.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com