Meditación.
¿Debemos los cristianos celebrar la Navidad?
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Aunque los católicos practicantes no tenemos ningún prejuicio a la hora de celebrar el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús, el desconocimiento de la Biblia que caracteriza tanto a muchos no creyentes y a otros tantos de nuestros hermanos en la fe, hace que muchos de los tales sean víctimas de las denominaciones cristianas fundamentalistas, las cuales, con el objeto de contradecirnos a los católicos, -el principal enemigo al que tienen que vencer para poder apoderarse de los hijos del mismo, los cuales constituyen entre la quinta y la sexta parte de la humanidad-, nos contradicen, así pues, afirman que, quienes celebramos el cumpleaños de Jesús, en lugar de adorar a Dios, somos seguidores del Demonio, lo cual significa que, como celebramos la Navidad, como cristianos, no somos aceptos por Dios como hijos. Aunque muchas de las razones que tales cristianos exponen para que se extinga la celebración de la Navidad son tan simples que pueden hacernos percatarnos de su carencia de veracidad, por mínimo que sea nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, es preciso que definamos el concepto de Navidad, y que analicemos algunas de las tradiciones relacionadas con el citado periodo litúrgico, con el fin de que, cuando nos encontremos con quienes tengan dudas con respecto al hecho de si deben celebrar el Nacimiento de Jesús, podamos iluminarlos al respecto, ya que para Dios, -independientemente de que celebremos la Navidad-, lo que importa es nuestra forma de proceder.
A modo anecdótico, os cuento que, un día en que estaba discutiendo con un fundamentalista la utilidad de la celebración de la Navidad, él me dijo:
"La Navidad no debe celebrarse porque esa fiesta pagana insulta a Dios y confunde a los hombres. Hace tiempo leí en una revista que una niña después de ver un belén le preguntó a su madre: -Mamá, ¿Jesús no creció nunca?
¡Claro que creció! -le contestó la madre, extrañada por la pregunta que le hizo su hija-.
La niña le dijo a su madre: -Te he hecho esa pregunta porque, cuando el año pasado vimos este mismo belén, Jesús era lo mismo de pequeñuelo.
1. ¿Qué es la Navidad?
La Navidad es el periodo de tiempo comprendido entre el veinticinco de diciembre y el Domingo siguiente al seis de enero. En el citado tiempo la Iglesia nos ayuda a conocer profundamente, contemplar y aceptar como real el misterio de la Encarnación (este es el misterio por el que aceptamos el hecho referente a que Jesús, siendo Dios, se hizo humano en el seno de su Santa Madre) del Verbo -o Palabra de Dios- en las entrañas purísimas de María de Nazaret.
Aunque no sabemos con certeza en qué estación del año nació Nuestro Señor porque ello no se indica en ninguno de los cuatro Evangelios, la Iglesia, en el siglo IV, determinó que la celebración del Nacimiento del Mesías habría de llevarse a cabo el veinticinco de diciembre, para así transformar la fiesta de adoración al sol (el dios Saturno romano) y el Yule norteeuropeo (otra fiesta religiosa de adoración al sol) en la fiesta de adoración a Jesucristo, en virtud del mensaje que se deduce del texto que podemos leer, en LC. 1, 78. La luz a la que se refirió el citado discípulo de San Pablo es Jesucristo, la llamada "luz indeficiente de Dios", debido a su perfección.
Jesucristo, -la luz del mundo-, irrumpe en el mundo -y en nuestras vidas- en Navidad, con el fin de mostrarnos el camino que desea que sigamos, para que podamos habitar en la presencia de Nuestro Padre común. La luz de Cristo nos muestra la verdad de nuestra existencia, -es decir, que la muerte no será el final de nuestras vidas, y que las miserias por cuyo efecto padecemos actualmente, serán trocadas por la felicidad eterna, la cual gozaremos cuando vivamos en la presencia de Nuestro Padre común, libres del dolor y purificados del pecado-. La luz de Cristo renueva la naturaleza humana dañada por sus múltiples miserias (AP. 21, 5).
Dado que las noches de invierno en Judea son frías y lluviosas, y teniendo en cuenta el mensaje de LC. 2, 8, no les falta razón a los fundamentalistas que, en sus intentos de hacer que el mundo comprenda que somos enemigos de Dios, predican que es de tener en cuenta que el Salvador del mundo no nació en invierno.
(JN. 8, 12). Es conveniente que, durante las cuatro semanas que anteceden a la Navidad, nos preparemos convenientemente a recibir al Mesías en el llamado tiempo de Adviento, meditando los textos del Antiguo Testamento relacionados con el Redentor de la humanidad, y estudiando los cuatro Evangelios (o biografías de Jesucristo), para que así entendamos que podemos esforzarnos para corregir nuestros defectos, y evitar cometer los pecados que hasta el citado tiempo han caracterizado nuestras vidas, para que así podamos comprometernos a ser excelentes seguidores del Mesías, o, en el caso de que ya seamos apóstoles o discípulos de Nuestro Señor, podamos renovar nuevamente el citado compromiso, dado que nuestra fragilidad humana nos aparta del mismo, ya que instintivamente, o incurrimos en el pecado, o hacemos el bien, no por amor a Dios, sino buscando ser recompensados tanto por Nuestro Padre celestial como por los hombres, y nos cuesta un gran esfuerzo comprender que, más que anhelar que los hombres reconozcan el bien que les hacemos, queremos esforzarnos para que tengan fe en Nuestro Padre común, imitando la humildad de San Juan Bautista, el cual decía con respecto a Jesús y a sí mismo, las palabras expuestas en JN. 3, 30.
Es necesario que la vivencia de la Navidad cristiana esté precedida por un tiempo de formación en el conocimiento de la Palabra de Dios que nos ayude a aumentar la fe que tenemos en Nuestro Padre común, nos estimule a hacernos maestros de la oración, -ya que no podemos decir que creemos en Dios y evitar el hecho de hablar con Él-, y nos anime a beneficiar a nuestros prójimos los hombres como si los mismos fuesen Nuestro Padre celestial.
El hecho de recordar que en Navidad Dios se hace Hombre y habita entre nosotros, puede instarnos a imitar la humildad de Jesús, así pues, de la misma manera que en Nuestro Señor se cumplieron las palabras de San Pablo expuestas en FLP. 2, 6-7, podemos aprender a ser solidarios con los más desposeídos del mundo, si verdaderamente nuestra meta consiste en ser imitadores del Mesías.
El cumpleaños de Nuestro Señor no es un simple aniversario, un recuerdo ni un sentimiento del pasado, pues la citada celebración ha de concienciarnos de la necesidad existente en el mundo de cristianos que den razón de su fe ante los hombres (1 PE. 3, 15), y de que esos seguidores de Jesús seamos nosotros, ya que si esperamos que otros den su testimonio de fe ante el mundo, y los mismos aguardan a que seamos nosotros quienes prediquemos el Evangelio, ¿quiénes serán los responsables de que nuestra fe se siga extendiendo por la tierra?
2. El peligro de la celebración social de la Navidad.
Como los cristianos comprometidos con la evangelización vivimos la Navidad imitando a los antiguos pueblos de pastores que cada seis meses tenían que trasladarse de sus residencias buscando pastos para alimentar sus rebaños, nos es necesario tener cuidado, para que, la celebración social de la Navidad, no nos aparte de Dios ni de nuestros hermanos los hombres. Quienes tenéis la costumbre de relacionaros con los fundamentalistas, sabéis perfectamente que ellos alegan que nuestra costumbre de cenar en familia en Nochebuena y otras tantas tradiciones sólo son actos religiosos paganos que, aunque la Iglesia ha intentado darles un sentido cristiano, ha fracasado, por lo que, al practicar los mismos, en lugar de adorar a Dios, estamos rindiéndole culto a Satanás el Demonio. Esto es totalmente incierto, así pues, ¿quiénes de vosotros cenáis con vuestros familiares en Nochebuena para vivir la costumbre romana de celebrar los saturnales? Naturalmente, las tradiciones navideñas no están orientadas al hecho de que le tributemos culto al Demonio, dado que las mismas sólo son un conjunto de hechos históricos y de símbolos orientados a aumentar nuestra fe en Dios, aunque todos apliquemos muchos de esos signos adaptándolos a nuestras creencias particulares. Por otra parte, si desgraciadamente muchos se embriagan en Navidad, ello no está relacionado con el culto satánico, dado que los alcohólicos no necesitan esperar la llegada de ninguna fiesta especial para emborracharse. Tengamos un poco de sentido común al analizar lo que los fundamentalistas dicen de la Navidad.
Aunque es comprensible el hecho de que quienes carecen de nuestra fe celebren la Navidad a nivel social prescindiendo del aspecto espiritual de la citada celebración, el peligro que tal hecho puede encerrar para los creyentes, consiste en que los mismos, entusiasmados por los excesos de comida y alcohol, y el consumismo excesivo característico del citado tiempo, acaben olvidándose del principal protagonista de la celebración que nos ocupa. Por lo tanto, partiendo de la base de que en Navidad somos más afectivos que durante el resto del año, está en nuestras manos la posibilidad de esforzarnos para aumentar el número de cristianos y no creyentes que se benefician de la celebración del Nacimiento de Nuestro Señor.
Es necesario que en este tiempo les dediquemos una especial atención a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a quienes viven aislados, pues ellos son los que están más necesitados tanto de fe como de afecto. Sin olvidar que es muy respetable la postura de quienes no creen en Dios, es preciso que consigamos que todos los hombres tengan alguna esperanza que les ayude a vivir.
3. Es posible conjugar la Navidad espiritual con la Navidad social.
Los cristianos católicos, al tener el deber de aprovechar la Navidad social para aumentar el número de hijos de la Iglesia, podemos celebrar la Navidad con nuestros familiares y amigos, -según enseña la Iglesia-, siempre que no nos olvidemos de solventar tanto nuestras carencias, como de ayudar a extinguir las necesidades de nuestros prójimos y de los más necesitados del mundo. En el supuesto caso de que uno de mis familiares esté enfermo en Nochebuena, yo, en lugar de comer y beber olvidándome del mismo, haré mejor si le brindo mi compañía, tanto para distraerlo de sus pensamientos tristes si ello me es posible, como para ayudarlo en todo lo que pueda socorrerlo. Igualmente, si en mi entorno hay gente que tiene carencias, en lugar de pasar la Navidad comprando ropa de marca, regalos caros y comida muy costosa, es conveniente que socorra a los mismos, aunque me conforme comprando ropa corriente, regalos sencillos y los alimentos que consumo diariamente.
Hace varios años, una señora le dijo a su madre cuando se acercaba el tiempo de Navidad: "-¿vendrás a la Misa del gallo para escuchar a mi nena cómo canta los villancicos con sus compañeros?".
La madre le dijo tajantemente: "-Yo iré a la Iglesia a adorar al Señor, no a escuchar a tu hija".
La citada señora mayor era laica y predicaba en su círculo de amigos y donde hubiera una sola persona dispuesta a escucharla, pero, en la ocasión a la que me refiero, su empeño por demostrar que tenía fe, le hizo olvidarse del texto bíblico expuesto en 1 JN. 4, 20.
De la misma manera que a los cristianos no nos es conveniente el hecho de olvidarnos de Dios para dedicarnos a banquetear y despilfarrar grandes cantidades de dinero en Navidad, nos interesa cuidarnos de no caer en el extremo fundamentalista de separarnos de nuestros familiares y amigos, no sólo porque amamos a los mismos, sino porque también el hecho de unirnos a ellos nos puede proporcionar la oportunidad de acercarlos al Señor, cuyo Espíritu Santo le inspiró unas palabras a Santiago, las cuales, cuando nos convertimos al Cristianismo, quizás nos vinieron como anillo al dedo (ST. 4, 8A).
Aprovechemos la celebración de la Navidad para vivir como verdaderos hijos de un mismo Padre celestial. Si no vivimos como hermanos, nuestras celebraciones serán inadecuadas, independientemente de que las mismas sean estrictamente espirituales o materiales.
Al hacer el tradicional balance de todo lo que nos ha sucedido durante el año en curso, propongámonos mejorar en todos los aspectos vitales que nos sea posible, pues probablemente en algunos aspectos podemos esforzarnos mucho más de lo que lo venimos haciendo, lo cual puede repercutir en beneficios tanto para nuestros prójimos los hombres como para nosotros. Aunque al hacer el citado balance tradicionalmente pensamos en nuestros familiares y en los avances que hemos conseguido dentro del campo del materialismo, es conveniente que pensemos en los aspectos vitales que frecuentemente olvidamos, tales como nuestro crecimiento personal, dado que el mismo puede hacer de nosotros ejemplares cristianos preparados psicológicamente para afrontar grandes dificultades.
Los que estamos casados, podemos pensar en la forma en que hemos vivido durante el año en curso nuestras relaciones de pareja, pues, aunque no hayamos tenido problemas conyugales, no debemos descartar la posibilidad de ser más felices aún de lo que somos junto a nuestros mejores amigos, es decir, nuestros cónyuges. Acordémonos de enamorar a nuestros cónyuges día a día como si fuésemos novios, con el fin de que nuestras relaciones no se estanquen en una rutina vacía que pierda el atractivo que debe caracterizarla por no ser variable y no estar sujeta a la improvisación de detalles, gestos pequeños con gran significación amorosa y regalos que, aunque no sean muy costosos, mantengan viva la llama del amor eterno.
También es preciso que quienes sois padres penséis en la forma que tenéis de educar a vuestros hijos, y en el hecho de que los mismos crezcan espiritualmente.
Aunque tenemos tendencia a pensar en el hecho de si nos es productivo el trabajo que realizamos, también podemos meditar sobre si nos esforzamos al máximo en la realización de la actividad laboral que desempeñamos.
Es importante que meditemos sobre la fe que caracteriza nuestras vidas, por ejemplo, pensando en el lugar que Nuestro Padre común ocupa en las mismas.
¿Nos acordamos de Dios en el tiempo del dolor y la alegría?
¿Tenemos a Dios presente siempre, o sólo nos acordamos de Él cuando asistimos a la Eucaristía dominical y necesitamos que nos favorezca?
¿Actuamos en nuestro entorno familiar y en nuestro círculo laboral y de amigos como verdaderos cristianos, o nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría de la gente?
¿Nos esforzamos por conocer y amar más y mejor a Dios, o nos conformamos con la escasa fe que tenemos, argumentando que carecemos de tiempo para dedicarnos a nuestra edificación y el crecimiento espiritual de nuestros familiares?
4. ¿Por qué celebramos la Navidad el veinticinco de diciembre?
La palabra "Navidad" procede del vocablo latino "natalis" (día natal). Dicha celebración empezó a celebrarse en el siglo II, hasta que el Papa Julio I la fijó el veinticinco de diciembre durante el siglo IV. Hasta el siglo IV, los cristianos occidentales celebraron el Nacimiento del Señor el veinticinco de diciembre y los orientales el seis de enero. Si los cristianos occidentales celebraban la Natividad del Señor en diciembre con el fin de que todos los creyentes comprendieran que Jesús es el verdadero Sol de justicia (LC. 1, 78), los orientales celebraban el Nacimiento del Señor en enero, dado que consideraban el mismo como una gran epifanía (manifestación) de Dios al mundo.
La fijación de la celebración de la Navidad el veinticinco de diciembre no tenía como motivo celebrar el día del Nacimiento del Señor, dado que este dato nos es totalmente desconocido, lo cual nos indica que cualquier día del año sería adecuado para celebrar el Nacimiento del Mesías, pero la Iglesia escogió el citado día con la intención de cristianizar la fiesta romana Natalis Invicti, la cual se celebraba en honor al dios sol (Mitra), cuyo nacimiento, -según el calendario romano-, coincide con el solsticio de invierno, el veinticinco de diciembre.
5. Principales tradiciones navideñas.
5-1. Introducción.
Dado que existen muchas tradiciones relacionadas con la Navidad, voy a citaros las más extendidas por el mundo, tanto por razones de espacio, como por causa del motivo que ha dado origen a esta sencilla meditación, el cual consiste en que les podáis demostrar a quienes dudan sobre si pueden celebrar la Navidad, que con ello no cometen ningún pecado.
Aunque los fundamentalistas apelan en sus folletos y libros a la aplicación que otras religiones hacían antiguamente de nuestros símbolos actuales para demostrar que adoramos al Demonio, voy a abstenerme de explicaros los significados antiguos de esos símbolos, para no dificultar la comprensión actual de los mismos, ya que en nuestros días no adoramos al sol tal como hacían los antiguos romanos, de hecho, esa fiesta fue sustituida por la Navidad, gracias al Espíritu Santo y a la persistente labor evangelizadora de la Iglesia Católica.
5-2. ¿Son pecaminosas las tradiciones cristianas católicas?
Dado que muchos fundamentalistas están empeñados en hacernos creer que las tradiciones que observamos son rutinarias cadenas de pecados cuyo fin consiste en separarnos de Dios y hacernos adeptos del Demonio, vamos a definir lo que los católicos entendemos por tradición.
La palabra "tradición" viene del sustantivo latino "traditio" que a su vez viene del verbo "tradere", el cual significa en español entregar. Teniendo en cuenta la etimología (el origen) de la palabra tradición, nos encontramos con que las tradiciones son ritos que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, lo cual nos ayuda a aceptar las mismas, así pues, ¿quiénes podrán evitar el hecho de acordarse de sus familiares y amigos queridos que han fallecido durante la celebración de la cena navideña? Las tradiciones o costumbres nos ayudan a recordar hasta el punto de conseguir hacer presentes algunos hechos del pasado que consideramos memorables. Las tradiciones que tenemos los católicos se nos han transmitido oralmente -o por escrito- de generación en generación. Lo más importante de la vivencia de las tradiciones navideñas no es la exteriorización de las mismas, sino la difusión del conocimiento del simbolismo que caracteriza dichas costumbres. Si no sabemos por qué existen dichas tradiciones ni para qué las conmemoramos anualmente, nos será imposible vivirlas como auténticos cristianos, lo cual hará de las mismas una serie de gestos materialistas que viviremos por costumbre, pero no por fe. El conocimiento a fondo de las tradiciones católicas es un modo de evangelizar, especialmente útil para quienes no saben leer.
Cuando los católicos hablamos del espíritu navideño, no nos referimos a la tradición mundana -a veces vacía- de derrochar dinero para apostar con el fin de ver quién puede enorgullecerse de ser el que gasta más dinero para presumir de que es el más rico de su entorno familiar y amistoso, pues el mismo sólo puede ser descubierto y vivido al observar cuidadosamente los motivos religiosos que celebramos en el tiempo en que recordamos la Natividad de Nuestro Señor.
5-3. Los pesebres o nacimientos.
San Francisco de Asís, en el año 1223, gracias a su empeño de difundir el espíritu de la Navidad cristiana, creó las representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que actualmente conocemos, y tenemos en nuestros hogares y en muchos lugares públicos. Si bien en el tiempo de San Francisco la utilización de los nacimientos sólo era permitida en las iglesias, este Santo logró que dichas representaciones empezaran a utilizarse a nivel extralitúrgico, es decir, fuera de los templos, lo cual fue muy útil para avivar la fe de la gente sencilla.
5-3-1. ¿De dónde vienen la mula y el buey que aparecen en muchos nacimientos?
(IS. 1, 3). La errónea interpretación de este texto, -el cual se refiere a la carencia de sumisión de los hebreos con respecto a Dios-, dio origen a la colocación de dichos animales en la representación del Nacimiento del Mesías.
5-3-2. Los villancicos.
Los primeros villancicos que se conocen fueron compuestos en el siglo V por los evangelizadores que utilizaron dichas composiciones como medio para evangelizar a aquellos de sus oyentes que carecían de cultura. Los villancicos (villanus) trataban el tema de la Encarnación del Verbo divino y la liturgia navideña en un lenguaje sencillo y apto para que los comprendieran sus destinatarios. Estas composiciones se extendieron por todo el mundo a partir del siglo XIII, según se extendía al mismo tiempo la idea de San Francisco de Asís de popularizar los nacimientos y de representar con personas y animales la Natividad del Mesías.
Los villancicos en el tiempo de Adviento son útiles porque nos ayudan a prepararnos para vivir la Navidad ya que nos sirven para que podamos meditar la Palabra de Dios, y, en el tiempo de Navidad, nos permiten agradecerles a Nuestro Padre celestial y a Jesús, el hecho de habernos redimido.
¿Quién no conoce las composiciones litúrgicas "Noche de paz" y "Adeste fideles", o las composiciones utilizadas para amenizar fiestas populares "Los peces en el río" y "La adoración de los Reyes"?
5-3-3. El árbol de Navidad.
Los antiguos germanos sostenían la creencia de que el mundo pendía de las ramas de un gigantesco árbol conocido como "el divino Idrasil" ("el dios Odín"). A este dios le tributaban culto los germanos anualmente, cuando según su fe se renovaba la vida, en el solsticio de invierno. Los citados germanos celebraban esta ocasión adornando un árbol de encino con antorchas, las cuales representaban el sol, la luna y las estrellas, en torno al cual danzaban y cantaban ritualmente.
Se cree que San Bonifacio, -evangelizador de los germanos-, derribó la representación del dios Odín y, en su lugar, plantó un pino, -del cual dijo que era símbolo del amor del verdadero Dios-, y lo adornó con manzanas -que representaban las tentaciones de los hombres, el pecado de origen de Adán y Eva y el conjunto de los demás pecados de la humanidad-, y velas, -que representaban la luz indeficiente de Cristo y la gracia divina que reciben quienes aceptan a Jesús como Salvador personal y Redentor de la humanidad.
La costumbre de hacer el árbol de Navidad -el cual posteriormente fue visto como símbolo de la Santísima Trinidad-, se extendió por Europa durante la Edad Media, y, por causa de las conquistas y migraciones de los españoles, se estableció en América.
En conformidad con el avance social, la tradición de representar el árbol de Navidad, -lo mismo que ha sucedido con la tradición de representar el Nacimiento de Jesús-, ha evolucionado, y contiene un simbolismo más sencillo de entender por quienes carecen de fe, así pues, las manzanas se han sustituido por esferas y las velas se han cambiado por luces representativas de la alegría y la luz con que Nuestro Señor redimió a la humanidad.
En nuestro tiempo, las esferas simbolizan las oraciones que hacemos durante las semanas que anteceden al tiempo de Navidad (el Adviento). Las esferas rojas simbolizan las oraciones de petición, las plateadas simbolizan las plegarias de agradecimiento, las azules representan las oraciones de arrepentimiento, y las doradas representan las oraciones de alabanza.
A partir del siglo XVII, se introdujo en la Cristiandad la costumbre de colgar una oblea junto a las manzanas, la cual es símbolo de Jesús, quien vino al mundo a anular todas las tentaciones y pecados representados por la manzana.
Los adornos del árbol de Navidad representan las buenas acciones que llevaremos a cabo y los regalos que le haremos a Jesús en Navidad, ya sean sacrificios, oraciones, o, mejor aún, obras en beneficio de nuestros prójimos que sufren por cualquier causa.
La estrella que se pone en la punta del pino representa la fe que debe guiar nuestras vidas a la presencia de Nuestro Padre común.
Aprovechemos el simbolismo del árbol de Navidad para bailar y cantar, no en honor de Odín, sino en honor del Dios Uno y Trino, ya que el Padre está representado por la base del pino, el Espíritu por la parte izquierda del mismo, y el Hijo por la parte derecha del citado árbol.
5-3-4. Las tarjetas de Navidad.
La finalidad de que los estudiantes ingleses antes de empezar las vacaciones de invierno tuvieran el detalle de escribirles algunas palabras a sus familiares con motivo de la llegada de la Navidad y se las enviaran a los mismos por correo, fue el motivo que dio origen a las tarjetas navideñas. W. E. Dobson y Sir Henry Cole, en el año 1843, imprimieron las primeras tarjetas de Navidad, las cuales contenían representaciones artísticas del Nacimiento de Nuestro Señor. Por su parte, en el año 1860, Thomas Nast, -el creador de la imagen de Santa Klaus-, organizó la primera venta masiva de tarjetas de Navidad, en las que aparecía impresa la célebre frase "Feliz Navidad".
5-3-5. San Nicolás, Santa Klaus, St. Nicklauss, St. Ni, Santa Claus, o Santa Clos.
Hubo un tiempo en que un tal Marco, -miembro del ejército romano-, quiso vender como esclavo a un niño pequeño llamado Adrián, un hecho que le fue impedido por un Santo llamado Nicolás.
En otra ocasión, aprovechándose de que un pobre hombre no podía pagar una deuda que tenía, Marco pretendió apoderarse de su hija, de lo cual, una vez que se enteró San Nicolás, tomó tres sacos de oro, y, en la noche de Navidad, arrojó dichos sacos por la chimenea de la casa del padre de la joven, lo cual hizo posible que el pobre hombre evitara que se le quitara a su hija.
Marco, deseoso de acabar con la fe cristiana, mandó quemar todas las iglesias y encarcelar a quienes no renegaran de su fe, entre los cuales estaba Nicolás, el cual envejeció en la cárcel, y fue liberado cuando el Emperador Constantino hizo del Cristianismo la religión imperial y dio la orden de excarcelar a los seguidores de Jesús que estaban presos por causa de su fe.
La imagen de Santa Klaus fue tomada del momento en que este Santo salió de la cárcel ya anciano y del momento en que arrojó los tres sacos de oro por la chimenea del padre de la joven cuyo rapto evitó. Los alemanes afirman que Santa Klaus, en Nochebuena, les arroja regalos por las chimeneas de sus casas a los niños buenos.
De San Nicolás podemos aprender a hacer el bien, especialmente en beneficio de los desposeídos de nuestro entorno, no para presumir de nuestra bondad, sino con la más absoluta discreción, porque Dios es el único que existe de quien se puede decir que es plenamente bueno.
San Nicolás nos enseña a ser generosos, no sólo a la hora de servir a nuestros prójimos con bienes materiales, pues, en este servicio, son importantes los contactos personales que mantenemos con quienes sufren, y el tiempo que les dedicamos a los tales.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com