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Preparémonos para recibir al Señor. (Meditación del Evangelio del Domingo I de Adviento del Ciclo C).

   Meditación.

   3. Preparémonos para recibir al Señor.

   Meditación de LC. 21, 25-28. 34-36).

   En el texto evangélico que estamos considerando, aparecen señales indicativas del fin del mundo, que pueden causarles miedo a muchos de nuestros hermanos en la fe. Ese miedo puede acrecentarse, cuando, a través de los medios de comunicación, se nos informa de las guerras de que son víctimas muchos países, y de las catástrofes naturales que acontecen frecuentemente.
   Al comparar LC. 21, 25-27, con MC. 13, 24-25, podemos interpretar los símbolos que aparecen en los citados relatos.
   La descripción de los signos cósmicos, los sufrimientos de los hombres y las catástrofes naturales de que se nos informa en el Evangelio de hoy, no deben ser portadores de temor, sino de fe y alegría. Ello significa que, aunque tengamos que sufrir en esta vida, Dios nos explicará algún día la razón por la que no nos impidió que padeciéramos, y nos hará comprender que, gracias a dicho dolor, llegamos a ser las personas que Él pensó que llegáramos a ser, antes de crear el universo.
   Los sufrimientos de la humanidad son indicativos de que el Reino de Dios está cerca de nosotros, porque el mismo se está instaurando lentamente en nuestra tierra, según nos convertimos al Señor, crecemos espiritualmente, y servimos a Nuestro Dios en sus hijos pobres, enfermos y desamparados.
   Antes de aterrorizarnos y perder la fe por causa de los sufrimientos característicos de la humanidad, esperemos confiadamente que acontezca la Parusía del Señor, porque Él cumplirá la promesa de hacernos plenamente felices. Si sufrimos en esta vida, imitemos a los cristianos que se dejaron martirizar, con la esperanza de que Dios recompensará la grandeza de su fe, cuando concluya la instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros.
   Han pasado prácticamente 20 siglos desde que Jesús anunció su venida, pero aún no ha regresado. A pesar de esta larga espera marcada por la fe que vivimos, no permitamos que los problemas que tenemos nos impidan ser felices. Evitemos sucumbir bajo el efecto de los vicios que tanto daño les hacen a muchos, porque el Señor vendrá a nuestro encuentro, y quiere encontrarnos ocupados, trabajando en la conversión de la tierra en su Reino de amor y paz.
   Imitemos la actitud de los vigilantes mientras esperamos al Señor. No seamos cristianos mediocres, sino fieles a la hora de profesar nuestra fe. No descuidemos la salud de nuestra alma ni la salvación de nuestros prójimos los hombres. Dispongámonos así a acudir a la llamada a juicio del Señor, para que nos encuentre dignos de vivir en el cielo que nos ha prometido, apenas acontezca nuestra muerte. Que la muerte nos sorprenda con la satisfacción de haber vivido una vida plena de fe, esperanza y caridad.
   Un año más, comenzamos el tiempo de Adviento con la esperanza fundada en el cumplimiento de las promesas que nuestro Padre y Dios les hizo a los personajes principales del Antiguo Testamento. Nosotros esperamos que se cumpla el citado designio del Señor porque "Dios mantiene fielmente su palabra, aunque todos los hombres sean desleales (ROM. 3, 4).
   La lectura de la Profecía de Jeremías  nos insta a sobreponernos con respecto al dolor que hemos de soportar en los días adversos de nuestra vida. Un antiguo refrán dice: A Dios orando, y con el mazo dando, así pues, el hecho de que esperamos que nuestro Padre y Dios cumpla la promesa de revestirnos de inmortalidad, no significa que renunciaremos a las posibilidades que tenemos de seguir alcanzando metas mientras tengamos la oportunidad de hacerlo. El texto de Jeremías sirvió en su tiempo para que los judíos deportados a Babilonia no perdieran su fe, y, después de la deportación, el citado texto sirvió para alentar la fe de quienes esperaban que Dios enviara al Mesías al mundo, un Hombre capacitado para vencer el pecado, el error, la enfermedad y la muerte. No nos molestemos si en nuestro entorno social hay quienes piensan que el hecho de que esperemos que el Señor venga a concluir la realización del designio salvífico de Dios no es más que una utopía, pues no todos los hombres han tenido la oportunidad de experimentar a nuestro Padre y Dios. Nosotros amamos, tenemos y vivimos a Dios "por Cristo, con El y en El", según oramos siempre que celebramos la Eucaristía. Vivimos con Cristo porque somos "herederos de Dios y coherederos de Cristo" (ROM. 8, 17). Vivimos con Cristo y en la misma persona de Jesús de Nazaret, según lo expuesto en 1 COR. 6, 15.
   El Adviento es tiempo de esperanza y acción. No podemos permitir que nuestra esperanza cristiana se quede estancada en nuestros corazones. No podemos dejar que la incomprensión de quienes carecen de nuestra fe haga menguar nuestra creencia en el Dios Uno y Trino. Creo que podemos proponernos como meta a alcanzar que, cuando celebremos la Navidad, hayamos contribuido a romper en nuestro entorno la barrera que nos impide comunicarnos abiertamente con nuestros familiares y amigos. Muchos trabajamos durante bastantes horas, y nos divertimos o hacemos labores necesarias para nosotros en las horas que tenemos libres, pero quizá tenemos en nuestra casa a nuestro cónyuge o a alguno de los niños con algún problema que no nos quiere dar a conocer, porque dispone de poco tiempo para hablar con nosotros, o quizá porque piensa que no lo podemos comprender, porque no hemos vivido esa situación. Creo que todos necesitamos sentarnos junto a nuestros familiares y amigos periódicamente para abrir nuestras almas con confianza ante las personas de nuestro entorno familiar, para eliminar los sentimientos que nos impiden ser felices.
   El pequeño Apocalipsis de San Lucas está lleno de imágenes simbólicas cuya doble finalidad consiste en animarnos para que seamos fuertes en los días adversos de nuestra vida, y recordarnos que Jesús vendrá por segunda vez a concluir la realización del designio salvífico de Dios. Para nosotros es absurdo el hecho de mirar al futuro con miedo, así pues, San Lucas nos dice con respecto a las catástrofes que se han sucedido a lo largo de la historia y las circunstancias dolorosas de nuestra vida, lo expuesto en LC. 21, 28.
   Antes de que Jesús viniera a la tierra la primera vez, podíamos reprocharle a Dios la dureza de nuestro trabajo, la pobreza de los sin techo, y las dificultades a las que han de sobrevivir los ancianos, los huérfanos, las viudas y los que padecen depresión. Ahora, mientras esperamos la nueva manifestación de Jesús, no podemos argumentar ante Dios que estamos indefensos ante las contrariedades de nuestra vida, dado que el Señor fue semejante a nosotros, y no escatimó la posibilidad de enfrentarse a la adversidad hasta vencerla al resucitar tres días después de ser crucificado en el Gólgota. Jesús pudo vencer la acritud, y nosotros también podremos vencer la adversidad si caminamos sabiendo que nuestro Hermano nos tiene asidos de la mano y no nos suelta. Lo que Jesucristo no puede hacer por nosotros es coger una varita mágica e inspirarnos confianza en Él y en nosotros para que podamos vencer dificultades, pues somos nosotros quienes decidiremos si nuestro Hermano es alguien en quien se puede confiar plenamente. El Salmista nos dice, lo expuesto en SAL. 22, 10-12, y 26, 1.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com