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Meditación para el Domingo III de Adviento del Ciclo B.

   Meditación.

   Se acerca, -un año más-, la celebración de la Natividad de Nuestro Salvador. Una vez más, las calles de nuestros pueblos y ciudades se han llenado de luces, y los comerciantes no saben qué hacer, para vendernos sus productos. Un año más, la sociedad de consumo nos recuerda que, si queremos sentirnos felices, tenemos que hacer y recibir muchos regalos, y comer y beber mucho más de lo que lo hacemos habitualmente.
   Si queremos recibir muchos regalos, no nos queda más remedio que hacer presentes tan caros, como aquellos que queremos recibir.
   Quienes tienen dinero y familiares para celebrar la Navidad, fácilmente podrán olvidarse de la celebración religiosa del Nacimiento de Nuestro Señor. Tal celebración, no se lleva a cabo exclusivamente en las iglesias, pues se hace palpable en la vida de los cristianos practicantes, quienes, por sus gestos, y mediante su forma de comportarse, pueden proceder, como el Dios que actúa por su medio.
   ¿Qué será de la Navidad de quienes no tienen medios económicos para celebrar el Nacimiento de Jesús pomposamente?
   ¿Qué sentirán aquellos padres cuyos hijos les pidan regalos caros, y tengan que decirles que no se los pueden comprar, y quizá se lo digan severamente, para no ceder ante la impotencia que sienten, por medio de su tristeza?
   Muchos cristianos católicos, -independientemente de que seamos ricos o pobres-, ciframos en Jesús nuestra esperanza.
   La Navidad es el tiempo perfecto en que, el Jesús débil y humilde que vino al mundo para hermanarse con nosotros, sin importarle nuestra condición social, nos pide que lo imitemos, socorriendo a quienes tienen necesidades, y visitando a los solitarios, presos y enfermos, haciéndonos partícipes de su dolor.
   Sin privarnos de celebrar la Navidad a nivel material, podemos celebrar la Navidad religiosa, -la Navidad del espíritu-, llevando a cabo las obras de misericordia que Jesús nos enseñó a hacer (MT. 25, 31-46), para que, quienes tienen menos bienes, y se sienten más desamparados, empiecen a creer que, por medio de la gracia de Dios, y de nuestro amor, también son miembros del Reino de Dios, del cual nos dijo Jesús, en cierta ocasión, que ya está en medio de nosotros (LC. 17, 21), por lo que no necesitamos buscarlo, más allá de Dios.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com