Meditación.
3. Actuemos como corresponde a buenos hijos de Dios, porque el Señor está entre nosotros.
Meditación de LC. 1, 39-45.
Si el mensaje principal que se nos transmite en el tiempo anterior a la Navidad consiste en recordarnos las venidas del Señor a nuestra vida y el mundo, se nos hace necesario no olvidar el ejercicio de la caridad cristiana, porque, sin practicar la misma, no podemos afirmar, que somos cristianos veraces, tal como tampoco podemos hacerlo, si vivimos haciendo el bien constantemente en beneficio de quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales, y no oramos.
en el Evangelio que consideramos en esta ocasión, vemos cómo María, sin saber si su prometido iba a decidir lapidarla por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LV. 20, 10), tomó la decisión de servir a su pariente Isabel. Ello me induce a pensar en lo útil que es para nosotros servir a quienes necesitan de nuestros dones espirituales y materiales.
Sirvamos a quienes nos necesiten, como si fuéramos nosotros quienes necesitamos ser ayudados. Sirvamos desinteresadamente en la medida que nos sea posible, teniendo presente el sueño que tenemos de vivir en una sociedad, en que no existan las desigualdades, las injusticias, ni las enfermedades.
Sirvamos desinteresadamente como si ello ayudara a concluir la instauración del Reino de Dios que pedimos insistentemente, cuando rezamos la oración que Jesús nos enseñó (MT. 6, 10).
El hecho más importante del texto lucano que estamos considerando, es el bautismo de San Juan Bautista, que aconteció cuando el pequeño hijo de Isabel, se percató de que estaba en presencia del Mesías. San Lucas preparó la narración desde que el Arcángel San Gabriel le dijo al sacerdote Zacarías que su hijo estaría lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre (LC. 1, 15). Antes de que ocurriera tan trascendental acontecimiento, Isabel saludó a María llena de admiración y fe. A pesar de que Isabel estuvo encerrada durante cinco meses para evitar habladurías (LC. 1, 24), superó la vergüenza, y no pudo ocultar la alegría que la embargaba, porque estaba ante ella, la Madre de su Señor.
¿Somos felices porque sentimos que vivimos en la presencia de Nuestro Redentor?
¿Está nuestro corazón lleno de gozo porque el Señor está con nosotros, o tenemos una fe que hace imposible el hecho de que quienes nos conocen deseen ser cristianos?
¿Testimoniamos nuestra fe con la alegría y la seguridad con que Isabel recibió a María en su casa?
Isabel felicitó a María por haber creído el anuncio que le hizo el Arcángel San Gabriel de su maternidad.
¿Se nos puede felicitar porque somos los cristianos que Dios pensó que llegáramos a ser desde la eternidad?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com