Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Vivamos la experiencia del desierto para disponernos a servir al Señor en nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de MC. 1, 12-15.
Lectura introductoria: 1 TIM. 6, 9-12.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Nunca se hará la suficiente insistencia en el hecho de que para ser los seguidores de Jesús en que Nuestro Padre pensó que llegáramos a ser desde la eternidad, necesitamos formarnos en el conocimiento de su Palabra y de su voluntad, practicar cuanto de Él aprendamos haciendo el bien en cuanto ello nos sea posible, y conocer y practicar el arte de la oración. Si bien necesitamos vivir en comunidad para que no nos sea muy difícil profesar nuestra fe al alentarnos unos a otros en tiempos de dificultades, no nos conviene prescindir de la experiencia del desierto. Si bien vivimos esta experiencia cuando hacemos ejercicios espirituales, es importante tener presente que ello va más allá de unos ejercicios espirituales que se viven durante uno o varios días, pues, tarde o temprano, forma parte de la vida de toda la humanidad, con independencia de que quienes la viven sean cristianos.
Vivimos sumidos en el ruido del mundo, un ruido que con demasiada frecuencia no nos permite hacernos las preguntas que pensamos que no pueden ser respondidas y por ello las ignoramos, y que nos ayuda a eludir nuestras responsabilidades, cuando el miedo al fracaso nos impide hacerles frente a las dificultades que tenemos. Por medio de la experiencia del desierto aprendemos quiénes somos, aunque es necesario que nos perdamos para que podamos encontrarnos. Para saber quiénes somos, necesitamos probar las creencias que tenemos, y estar siempre dispuestos a adquirir nuevas experiencias.
En el desierto se ponen a prueba nuestras capacidades, y aprendemos a desafiar la debilidad que nos caracteriza, con el fin de conocer nuestra verdadera fortaleza. Paradójicamente, en el desierto se fortalecen los débiles, y se debilitan quienes se creen inmensamente fuertes, porque allí nos encontramos con quienes realmente somos, y no con quienes hemos aprendido a creer que somos erróneamente.
En el desierto descubrimos si nuestra soledad es la soledad de quienes disfrutan haciendo lo que quieren y cuando quieren, o si es el aislamiento de quienes sufren apenas sienten que no están acompañados. Independientemente de que hayamos aprendido a distinguir la soledad del aislamiento, en la soledad del desierto, podemos escuchar la voz de Dios.
En el desierto, el calor diurno es abrasador, y es fuerte el frío nocturno. Allí aprendemos que los buenos buscadores no por vivir buscando siempre encuentran lo que anhelan, y que Dios es el todo de todos los que lo aceptan como Padre amoroso.
En el desierto, la vista se pierde en el horizonte entre la tierra y el cielo, y es posible seguir caminando sin un cansancio agotador, para quienes no pierden la esperanza de tener una mejor vida, porque saben que el Reino de Dios está en sus corazones.
No tiene sentido vivir la experiencia del desierto con el malestar de quienes actúan permanentemente como víctimas sacrificadas ni con el sufrimiento generado por el miedo a que el sentir de los cristianos no sea impuesto por un partido político que obligue a la sociedad a acatarlo. Quienes sufren constantemente no llaman tanto la atención como lo hacen quienes con su alegría espontánea y su generosidad sincera no dejan de recordar que Jesús está vivo y se manifiesta por medio de sus fieles seguidores.
Independientemente de que vivamos la experiencia del desierto intentando ser mejores personas o de que lo hagamos para conocer y mejorar nuestra relación con Dios, no olvidemos que el desierto también encierra trampas para quienes son espirituales.
El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, con el fin de que el demonio probara su integridad al tentarlo. San Marcos no nos dice cómo fue tentado el Señor por el espíritu maligno, dándonos a entender que tales tentaciones las vivió Jesús durante los años que se prolongó su Ministerio público.
Así como Jesús superó las tentaciones a las que lo sometió Satanás, nosotros haremos lo propio, si tenemos la certeza de que el Dios Uno y Trino, está de nuestra parte, así pues, porque experimentó nuestra debilidad, Jesús desea elevarnos a su dignidad de Hijo del Padre celestial.
Jesús fue tentado durante cuarenta días, en recuerdo de la cuarentena de días que Moisés permaneció en el desierto cuando huyó de Egipto, los cuarenta años que los hebreos peregrinaron a través del desierto camino de la tierra prometida, y otras cuarentenas citadas en el Antiguo Testamento.
El hecho de que Jesús estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían, significa que, por vencer las tentaciones diabólicas, y redimir a la humanidad, por medio de su Pasión, muerte y Resurrección, Jesús reconcilió el cielo con la tierra.
Jesús no volvió del desierto a vivir su vida para olvidarse de Dios, pues utilizó su experiencia para ser un buen servidor del Padre eterno. Cuando San Juan Bautista fue encarcelado, el Mesías inició su Ministerio público. Cuando los cristianos servimos al Señor después de hacer unos ejercicios espirituales, estamos muy animados porque se nos insiste mucho en el hecho de que Dios está con nosotros, pero el Hijo de Dios y María empezó su Ministerio público con la certeza de que a Él bien podía esperarle un futuro como el de San Juan Bautista, o aún más dramático.
Porque el Reino de Dios está cerca de nosotros, Jesús quiere que nos convirtamos a su Evangelio de salvación. Jesús podía prever que iba a sufrir mucho por predicar el Evangelio, pero no renunció al sueño de hacer que sus creyentes formaran parte de su Reino de amor y paz. Jesús sabía que el padecimiento no puede ser igualado a la gloria de dios, y que después de la muerte nos aguarda la resurrección. Oremos para que el Señor nos ayude a tener su fortaleza, y para que nuestras convicciones no se debiliten cuando tengamos problemas por cuya visión tengamos la tentación de que se nos debilite la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Ayúdanos a comprender que el silencio nos es necesario para meditar tu Palabra y conocer tu voluntad divina.
Sé nuestro guía en el desierto en que sabemos que no nos perderemos, si permites que nuestros ojos no dejen de ver la estrella de la fe.
Así como empujaste a Jesús al desierto, haznos vencedores del mal en tu nombre, y ayúdanos a conseguir que el miedo no nos paralice, para que podamos resolver los problemas que tengamos, y lleguemos a ser buenos seguidores de Jesús.
Así como Jesús fue tentado durante cuarenta días por el demonio, ayúdanos a no olvidar que las dificultades que caracterizan nuestra vida no se prolongarán siempre.
No te pedimos que apagues nuestra sed para que podamos acomodarnos para no crecer espiritualmente, sino que la sed de amor y justicia características de Jesús y los Santos nunca nos abandonen, para que vivamos buscándote permanentemente.
El sol del desierto es abrasador, y tu fuego divino quema nuestras debilidades e impurezas.
El camino que nos espera es largo, pero nuestra meta es vivir en presencia del Dios Uno y Trino. Si eres nuestro guía a través del desierto, sortearemos los obstáculos por cuya visión podríamos perder la fe en Ti.
Gracias por estar con nosotros, por levantarnos cuando nos debilitamos hasta caernos, y por ser nuestro guía en la travesía del desierto, tras el cual está el cielo del que has hecho nuestra tierra, y la tierra de la que has hecho tu cielo.
2. Leemos atentamente MC. 1, 12-15, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 12-15.
3-1. El Bautismo de Jesús, las tentaciones en el desierto, y el comienzo del Ministerio público del Mesías (MC. 1, 10-15).
Cuando Jesús salió de las aguas del Jordán en que le bautizó San Juan Bautista, el Espíritu Santo, adoptó la forma corporal de una paloma, y se posó sobre el Mesías. La voz del Padre le dijo que es su Hijo amado, en quien se complace. Cuando Jesús tenía razones para sentirse pletórico porque Nuestro Padre celestial le demostró su amor, el Espíritu Santo, como viento huracanado, le empujó al desierto, a fin de que el demonio probara su integridad. ¿Por qué permitió Dios Padre el sufrimiento de su amado Unigénito? Si Jesús quería ser como cualquier hombre, tenía que experimentar los altibajos que caracterizan a la humanidad. Una vez terminó la cuarentena en que fue tentado, Jesús no regresó a su rutina para descansar de sus ejercicios espirituales, sino que inició su Ministerio público.
Tal como le sucedió a Jesús, tenemos momentos en que nos sentimos amados por el Dios Uno y Trino, tiempos en que se pone a prueba nuestra integridad, y muchas oportunidades para actuar como excelentes seguidores del Mesías. Cumplamos la voluntad del Señor, sin olvidar que Él nos ha hecho miembros de su Reino de amor y paz.
3-2. El Espíritu Santo empujó a Jesús al desierto, donde el demonio lo tentó durante cuarenta días, estuvo rodeado de animales salvajes, y los ángeles lo sirvieron (MC. 1, 12-13).
San Marcos, a diferencia de San Mateo (4, 1-11) y San Lucas (4, 1-13) no nos dice cómo tentó el demonio a Jesús, pero, leyendo el segundo Evangelio, podemos ver cómo el Mesías, durante los años que se prolongó su Ministerio público, fue tentado como cualquier hombre. Dado que el Señor no cedió a las tentaciones con que el demonio puso a prueba su integridad, no pecó. Nosotros no pecamos cuando somos tentados y no cedemos a dichas seducciones, pero ceder a las mismas o tentar a otros, sí es pecado.
Si Jesús quería que su identificación con nosotros fuera plena, tenía que dejarse tentar por el demonio. Al enfrentar dichas seducciones y no ceder a las mismas, el Señor puede ayudarnos de dos formas, en el sentido de que nos dispone a enfrentar las tentaciones sin pecar, y sentimos su presencia entre nosotros, porque Él pasó por experiencias parecidas a las nuestras (HB. 4, 15).
Aunque cuando cedemos a las tentaciones pecamos, no aborrezcamos las circunstancias en que somos puestos a prueba, porque cuando vivimos las mismas se fortalece nuestro carácter, y aprendemos lecciones muy útiles para poder vivir como excelentes seguidores de Jesús.
Así como nos dicen San Mateo y San Lucas que Jesús venció al tentador sirviéndose de su conocimiento de la Palabra de Nuestro Padre celestial, nosotros también podemos servirnos del texto sagrado, para que la visión de nuestras dificultades no nos debilite la fe.
3-3. El Reino de Dios está cerca de nosotros (MC. 1, 14-15).
Después de que San Juan Bautista fuera encarcelado, Jesús inició su Ministerio público, pero no lo hizo entre la hélite religiosa de Jerusalén, sino entre la gente sencilla y marginada de Galilea. Jesús optó por hacer miembros de su Reino a quienes no significaban nada para los ricos de su pueblo, quienes, con tal de no socorrerlos, decían que su sufrimiento se debía a sus pecados, o a las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Yahveh, por parte de sus antepasados. A pesar de tales creencias, el Evangelio fue aceptado por muchos pobres, enfermos, recaudadores de impuestos para Roma y prostitutas, porque para los tales era signo de libertad, bendiciones divinas y la esperanza de que algún día el Señor los elevara a su categoría de Dios.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 12-15 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Qué sucedió cuando Jesús salió de las aguas del río Jordán cuando lo bautizó San Juan Bautista?
¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando el Señor se sintió ungido por el Espíritu Santo y Nuestro Padre celestial le demostró su amor?
¿Por qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto, y no lo condujo a vivir dicha experiencia lentamente?
¿Para qué empujó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
¿Qué habría sucedido si Jesús no hubiera superado las tentaciones diabólicas?
¿Por qué permitió Dios Padre el padecimiento de su amado Unigénito?
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público apenas terminó la cuarentena de días en que fue tentado?
3-2.
¿Por qué no describió San Marcos las tentaciones a que el demonio quiso someter a Jesús en su Evangelio?
¿Pecamos cuando somos tentados?
¿Por qué es pecado tentar a nuestros prójimos los hombres?
¿Por qué se dejó tentar Jesús por el demonio?
¿De qué dos formas nos ayuda Jesús a vencer tentaciones?
¿Por qué necesitamos no aborrecer las pruebas cuya misión es fortalecernos espiritualmente?
¿Nos servimos de la Palabra de Dios para vencer tentaciones?
3-3.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio público entre gente despreciada por la hélite religiosa de Jerusalén?
¿Por qué creía la hélite religiosa de Israel que el padecimiento de quienes marginaba se debía a sus pecados o al incumplimiento de la Ley mosaica por parte de sus antepasados?
¿Hemos heredado los cristianos dicha idea judaica?
¿Por qué aceptaron muchos marginados el Evangelio?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 COR. 10, 12-14.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 12-15.
Así como San Marcos no nos dio a conocer las tentaciones con que el demonio intentó desviar a Jesús del cumplimiento de su misión, porque las mismas se describen a lo largo de las páginas del segundo Evangelio, adoptemos el compromiso de vivir intentando no incumplir la voluntad divina.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Así como el demonio te tentó en el desierto, y viviste entre animales salvajes que fueron dóciles en tu presencia y fuiste servido por ángeles, ayúdanos a no dejar de cumplir tu voluntad, a ser pacificadores y a evangelizar a quienes hayan de salvarse, como si de ello dependiera la plena instauración de tu Reino de amor y paz entre nosotros. Así lo esperamos.
8. Oración final.
Alabemos al Dios que nos ha demostrado su amor admirablemente, leyendo y meditando el Salmo 65, en estado de recogimiento.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.