Permanezcamos unidos.
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com