Meditación.
Sigamos el ejemplo de los primeros cristianos.
(HCH. 6, 1-6). San Esteban era un diácono lleno de fe y de los dones y virtudes que podemos recibir del Espíritu Santo. Ayer recordamos cómo Nuestro Señor entregó su vida por nosotros, y hoy recordamos el ejemplo que nos dejó San Esteban, pues dicho Santo murió con tal de no negar su fe cristiana.
Aunque cuando Jesús sufrió su Pasión y muerte el número de los creyentes en Nuestro Señor se redujo considerablemente, tanto por su carencia de fe, como por el miedo que les tenían a las autoridades judías, sabemos, gracias al autor de los Hechos de los Apóstoles, cómo el Cristianismo se propagó rápidamente, primero entre los judíos, y, posteriormente, entre los gentiles.
Los Apóstoles les pidieron a los judíos de procedencia griega que eligieran diáconos de entre ellos que se encargaran de sustentar a sus pobres. Este hecho es importante para nosotros, pues nos recuerda que, mientras que el mundo siga marcado por nuestra imperfección, la Iglesia no dejará de tener dificultades, y que, la fundación de Cristo, desde sus orígenes, se ha ocupado de sustentar a los pobres. Es conveniente que recordemos que el Concilio de Jerusalén se celebró por causa de una nueva dificultad, consistente en que los cristianos procedentes del Judaísmo, en contra de la voluntad de San Pablo y de sus colaboradores, querían imponerles, a los cristianos gentiles -o paganos-, los preceptos de la Ley de Moisés, entre los cuales, con especial ahínco, defendían la circuncisión.
Después de recordar el martirio de San Esteban, en el día en que tenemos la oportunidad de acrecentar nuestro deseo de ser santos a la hora de imitar al citado Santo, vamos a pensar si nuestras comunidades físicas y virtuales, se asemejan a la Iglesia madre de Jerusalén.
(HCH. 2, 42). ¿Somos constantes a la hora de leer la Biblia y de acoger la enseñanza del Magisterio de la Iglesia? No puedo afirmar rotundamente que todos los religiosos católicos que han formado parte de nuestra Iglesia a lo largo de la historia de la fundación de Cristo han sido grandes Santos, porque nadie ignora que entre los tales ha habido quienes han hecho lo contrario a su papel de ministros de Cristo. Recordando lo que han hecho quienes han errado, muchos feligreses de nuestra Iglesia, tienen cierto recelo a la hora de acoger la enseñanza del Magisterio.
¿Compartimos los cristianos todas nuestras posesiones con nuestros hermanos en la fe? ¿Somos tan caritativos como debiéramos serlo con quienes sufren por cualquier causa, independientemente de que los tales sean cristianos? La verdad es que, en estos campos, dejamos mucho que desear, aunque a muchos nos sucede que nos gustaría ayudar, pero no sabemos cómo hacerlo.
¿Celebramos debidamente la Eucaristía, y nos unimos a la Iglesia en su actividad orante, por ejemplo, mediante el rezo de la Liturgia de las horas?
¿Asistimos a las celebraciones litúrgicas porque amamos tanto a Dios como a nuestros prójimos, o porque tenemos miedo de ser condenados en el infierno?
(HCH. 2, 43). ¿Qué piensan quienes viven en nuestro medio social de quienes somos cristianos?
(HCH. 2, 44-45). ¿Cómo son las relaciones que mantenemos los cristianos con nuestros hermanos en la fe?
¿Conocemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe con quienes celebramos la Eucaristía?
(HCH. 2, 46-47). Los primeros cristianos iban a diario a orar al Templo de Jerusalén, y celebraban la Eucaristía en sus propias viviendas. Actualmente, con las prisas que nos caracterizan, y la falta de fe que tenemos, difícilmente oramos, a no ser que se dé el caso de que tengamos problemas, y asistimos a la Eucaristía dominical, quizá, algunas veces, de mala gana, hasta el punto de que no nos importa llegar tarde a la misma.
¿Por qué se estanca la fe en los creyentes incapaces de comprender a Dios y al mundo?
¿Por qué nuestra fe es más evitada que propagada en ciertas ocasiones?
¿Por qué la vivencia de la fe de muchos de nuestros hermanos se reduce a una serie de formalismos sociales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com