Meditación.
De la misma forma que la sociedad en que vivimos avanza, es inevitable que las familias dejen de avanzar, según el ritmo que nos impone nuestra vida. A pesar de este avance, -el cual no tiene por qué ser negativo-, existen valores que los cristianos no podemos dejar de vivir. El Evangelio predicado por Jesús es una noticia antigua, en el sentido de que tiene veinte siglos de existencia, pero no deja de ser nueva, porque no ha perdido la capacidad de inspirarnos el deseo de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de las circunstancias que actualmente pueden hacernos sufrir.
A pesar de que la Biblia no pretende ser un completo manual de Psicología, nos es necesario descubrir el amor bondadoso y la sabiduría divina en sus páginas, así pues, a pesar del cambio social de que no dejamos de ser testigos, nos es necesario que el amor, la entrega sin reservas a nuestros prójimos y la fidelidad, sean mantenidos por nosotros, ya que son valores demasiado valiosos como para que nos permitamos el lujo de perderlos.
Al leer en la Biblia las normas que encontramos en la misma para poder convivir con nuestros familiares como buenos cristianos, nos es necesario recordar que el texto sagrado tiene muchos siglos de existencia, por lo que no es totalmente adaptable a las circunstancias históricas desde que se intenta interpretar. Actualmente, cuando recordamos cómo San Pablo les insistía a las mujeres que se sometieran al cumplimiento de la voluntad de sus maridos, con tal de evitar problemas conyugales, dado que las tales gracias a Dios gozan de más libertad y derechos en muchos países de que gozaban a nivel mundial cuando dicho Apóstol escribió sus Cartas, muchos seguidores de Jesús comprendemos que la citada sumisión tiene que ser recíproca, no sólo para beneficiar a los matrimonios, sino para bien de todas las familias, porque, cuanto más deseen evitarles sufrimientos a sus hijos los padres cuyas relaciones conyugales son inciertas, tarde o temprano, corren un gran riesgo de fracasar en dicho intento.
(EF. 5, 22-24). Meditemos las palabras de San Pablo que hemos recordado.
Si las mujeres han de respetar a sus maridos, como si los tales fueran el mismo Jesús, ¿no hemos de profesarles los hombres el mismo respeto a nuestras esposas? Ello es factible si quienes estamos casados comprendemos que nuestras relaciones deben estar fundadas en el amor, el respeto y la tolerancia, y no en la sumisión de los cónyuges más débiles a sus consortes.
Antes de que se celebrase el Concilio Vaticano I, la Iglesia defendía la creencia de que el matrimonio era un contrato con todas sus consecuencias, así pues, los cónyuges debían amarse, por imposición, lo cual fue corregido durante dicho Concilio, dado que los Padres del mismo comprendieron que el amor es donación, y que la imposición no lo hace auténtico por su libertad, sino esclavo.
Hace tiempo, un campesino se jactaba de que su mujer y él, durante los treinta años que habían convivido juntos, nunca se habían faltado el respeto. Un día en que dicho campesino vio cómo su mujer no reaccionaba ante la resolución de un problema, en mi presencia, la llamó torpe y burra, y no sé cómo se abstuvo de pegarle. Os cuento este hecho porque muchos padres crían a sus hijos con total libertad, y a sus hijas las acostumbran a someterse tanto a sus padres, a sus hermanos y a sus futuros cónyuges. Dado que los varones suelen tener a sus madres como esclavas, cuando se casan, según les conviene, quieren que sus compañeras sean amantes, hermanas, amigas y, mayormente, madres sumisas.
San Pablo nos dice que el marido es cabeza de la mujer, simbolizando así el matrimonio la unión de la Iglesia con Cristo, el Señor, quien es cabeza de su fundación.
(EF. 5, 25-28). Recuerdo el caso de un cristiano que decía que amaba a su mujer, y que estaba preocupado por la salvación de su cónyuge, y, a pesar de dicha preocupación, no le convenía entender que el amor que le manifestaba a su cónyuge, se traducía, prácticamente, en el hecho de imponerle una existencia marcada por la esclavitud. No sé si alguna vez la maltrató, pero creo que nunca he conocido a una mujer tan carente de libertad hasta para tomar decisiones sin importancia.
El hecho de que los hombres casados amemos a nuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia hasta llegar a sacrificarse por su fundación, significa que entenderemos que nuestras mujeres tienen deberes tal como nos sucede a nosotros, pero también tienen derecho a ser tratadas dignamente, así pues, San Pedro, nos dice a quienes estamos casados, lo que leemos en 1 PE. 3, 7.
Los hombres procuraremos la vivencia de nuestras relaciones en un clima de respeto, evitando que la violencia se interponga entre nuestros cónyuges y nosotros. Mientras que las mujeres tienen el deseo de demostrar su amor prestándonos ayuda, nosotros podemos mostrarnos insatisfechos con dicha ayuda, si mantenemos la creencia de que no la necesitamos. Si ellas tienen la necesidad de contarnos sus problemas, podemos intentar resolvérselos en un santiamén, sin tener en cuenta que nuestras mujeres, más que un arréglalo-todo, necesitan saber que somos sus compañeros de viaje, lo cual podemos demostrárselo escuchándolas pacientemente.
Si los hombres tenemos problemas laborales, tengamos en cuenta que las mujeres también tienen problemas en casa, y no se pueden olvidar de ellos, de la misma manera que nosotros olvidamos los nuestros cuando cumplimos con nuestro horario de trabajo.
San Pablo nos dice que, quienes aman a sus mujeres, a sí mismos se aman. De la misma manera, las mujeres que son capaces de amar a sus maridos, también se aman ellas mismas.
Estamos siendo testigos de un cambio importante a nivel social, que está siendo muy criticado por muchos católicos, a quienes les cuesta adaptarse a las nuevas exigencias sociales. Las mujeres siguen incorporándose al mercado laboral. Este hecho sería muy positivo si nos sirviera a los hombres para realizar los trabajos hogareños, pues, de la misma forma que muchas mujeres comprenden los problemas que sus maridos tienen en el trabajo, con tal de que dichas trabajadoras no sean asfixiadas por causa de su acumulación de trabajo, sería interesante el hecho de que los hombres valoremos que en nuestras viviendas no sólo ha de entrar comida, sino de que la misma ha de ser de cierta calidad.
Recuerdo el caso de un amigo que me dijo hace tiempo: "Cuando yo trabajaba, mi mujer, al escucharme en casa, conseguía que solucionara yo mismo los problemas que no podía resolver cuando trabajaba". Mi amigo tenía a su mujer para ayudarlo a pensar al escucharlo, pero él nunca se dio cuenta de que ella necesitaba decirle que sus hijos estaban enfermos, que le faltaba dinero para pagar facturas, que se sentía estresada porque tenía más trabajo del que podía soportar... Es verdad que las mujeres pueden hacer el trabajo hogareño a la hora que ven más conveniente y no tienen encima a ningún jefe insultándolas y reprochándoles que son improductivas, pero ello sucede cuando los hombres y sus hijos son extremadamente exigentes, y la soledad del hogar puede ser muy dolorosa (PR. 31, 10-31).
José Portillo Pérez
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