Meditación.
Juan, un hombre de fe.
Estimados hermanos y amigos:
Aunque casualmente este año celebramos la Solemnidad de la Sagrada Familia en este día por ser hoy el Domingo dentro de la octava de Navidad según lo requiere de nosotros nuestra Santa Madre la Iglesia, es conveniente que recordemos al Santo al que celebramos el veintisiete de diciembre, dado que el citado Apóstol de nuestro Señor es un gran ejemplo a seguir para todos los cristianos, por causa de la fe que le hizo entregarse a la causa de Nuestro Señor, hasta el punto de no amedrentarse ante las persecuciones que tuvo que sufrir por causa de ello. Por causa de la citada fe de San Juan, según San Gregorio de Nisa, esta festividad ya se celebraba en el tiempo de Navidad en el siglo IV, pues, aunque no murió martirizado tal como les sucedió a San Esteban y a los Santos Inocentes cuyo martirio recordaremos mañana, su ejemplo debe estimularnos, no sólo para que tengamos el deseo de que Dios nos aumente la fe, sino para que, en el caso de que tengamos que dar la cara por Cristo en tiempos difíciles, que las persecuciones no nos impidan profesar la fe que tenemos libremente y sin miedo, tanto a no ser oídos, como a morir por causa de las creencias que marcan nuestra vida de cristianos practicantes.
San Juan es uno de los Apóstoles de Nuestro Señor más conocidos por la Cristiandad, tanto por ser el autor del cuarto Evangelio, de tres Cartas Católicas y del Apocalipsis, como por el papel que desempeñó en la Iglesia primitiva, de la cual San Pablo lo menciona como columna de la misma, en el siguiente texto, contenido en GÁL. 2, 8-9.
San Juan es llamado "el Teólogo" por causa de la profundidad de sus relatos. Dicha profundización le valió a nuestro Santo para que la piedad popular lo convirtiera en el patrón de los teólogos y de los libreros, por causa de la creencia existente de que fue vendedor de libros.
Para comprender la grandeza de San Juan, bástenos el hecho de recordar que dicho Apóstol es el "discípulo amado" por el Mesías que menciona en su Evangelio que no menciona su nombre, ora por la humildad que le caracterizaba, ora por el deseo de que todos los que llegaran a leer su Evangelio tuvieran una fe tan grande como la suya, pues San Juan escribió en su biografía del Señor, en el capítulo veinte, donde cuenta cómo San Pedro y él entraron en el sepulcro del Salvador, después de que aconteciera la Resurrección del Hijo de María, de cuyo cadáver llegaron a creer que había sido robado:
"Entonces entró también el otro discípulo (Pedro entró primero en el sepulcro de Jesús, dado que Juan, aunque llegó antes, le cedió el derecho de ser el primer investigador de lo sucedido con el Señor, por ser Pedro el príncipe del Colegio Apostólico), el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos" (JN. 20, 8-9).
Al meditar sobre tan gran personaje, nos preguntamos: ¿Quién era San Juan? ¿De qué familia acaudalada de creyentes ejemplares procede nuestro Santo? Sorprendentemente, en un mundo cuya mayoría de sus habitantes tienen la costumbre de valorar a las personas por lo que tienen en lugar de por la conducta que observan, el Dios que ensalza a los humildes, de una familia de pescadores de Betsaida, cuyo cabeza de familia se llamaba Zebedeo, de quien su hijo mayor era llamado Santiago o Jacobo, eligió a Juan, -el benjamín de la familia-, para hacer de él el Santo al que hoy recordamos llenos de admiración, cuyo ejemplo de fe viva nos enseña que los Santos no nacen, sino que se hacen.
Con el pensamiento de que en el mundo hay cosas más importantes que la obtención de dinero, el impetuoso Juan se enfrentó al riesgo de dejar su trabajo, separarse de su familia y hacerse discípulo de San Juan el Bautista, un personaje al que, aunque lo admiramos porque no renegó de su fe ni aun ante la posibilidad de ser asesinado por observar la misma, probablemente no estaríamos dispuestos a ponernos en su piel si tuviéramos la ocasión de desempeñar la misión que llevó a cabo de preparar a los habitantes de Palestina a recibir al Mesías.
Nuestro Santo escribió en su Evangelio, el texto de JN. 1, 29. ¿Cuál era el significado que encerraban las misteriosas palabras del Profeta? En el libro de Isaías, leemos el siguiente texto, que contiene una revelación -o anuncio- de la Pasión del Mesías: (IS. 53, 7).
¿Sabían los futuros Apóstoles Andrés y Juan la causa por la que San Juan el Bautista dijo que Jesús es el Cordero de Dios? Aunque no sabemos la respuesta a esta pregunta, hacemos bien al suponer que ambos amigos se hicieron seguidores de Jesús, teniendo presentes las siguientes palabras del hijo de Elisabeth: (LC. 3, 16).
Sigamos meditando el Evangelio de San Juan.
(JN. 1, 35-39). Es importante que pensemos que tanto Andrés como Juan eran unos discípulos del Bautista muy especiales, porque, en lugar de ser como quienes se dedican a centrar su fe en unas creencias determinadas y a negarse a sustituir las mismas por otras creencias que quizá eran -y de hecho lo fueron en el caso que estamos meditando- mejores que las actuales, se niegan a seguir creciendo espiritualmente, unas veces por pereza, porque se sienten bien tal como están actualmente, o porque, el miedo a ser condenados, les impide seguir avanzando en el campo de la espiritualidad, por si acontece que Dios, después de haberles enseñado las verdaderas creencias, les recrimina por el hecho de haberse aventurado a aprender nuevos valores, como si los mismos no fuesen aceptos por Nuestro Padre celestial.
Aunque tanto Andrés como Juan hubieran podido seguir siendo discípulos del Bautista, sabiendo que su maestro les había enseñado humildemente que él no era el Mesías, imitando el valor de quienes cambian de religión con el propósito de encontrar la verdad, aunque ello les suponga el hecho de llevar a cabo muchos sacrificios, se hicieron seguidores de Jesús, aunque, quizá por la rudeza de su carácter, al ver la amabilidad con la que Jesús trataba a los pecadores, probablemente San Juan, en algunas ocasiones, hubiera querido que el Hijo de María hubiera tenido la mentalidad exigente de los esenios que, aunque se sometían a una forma de vida dura con el propósito de salvarse, estaban dispuestos a castigar severamente los pecados de sus hermanos en la fe.
Mientras que el Bautista acampaba con sus discípulos en determinados lugares en los que la gente le buscaba, Jesús siempre viajaba por toda Palestina buscando a sus oyentes, lo cual debió ser muy difícil para los Apóstoles del Bautista que, durante los días tenían que servir a los oyentes del Mesías y, durante las noches, tenían que ser instruidos en el conocimiento de la Palabra de Dios.
Para comprender mejor lo que pudo sucederles a los Santos Juan y Andrés, supongamos el ejemplo de un cristiano que pasa varios años en una comunidad religiosa cerrada en la que es educado en el conocimiento de la Palabra de Dios y se le hace creer que tiene que hacer penitencia constantemente y convertir todos los actos de su vida en oraciones, aunque los mismos sean insignificantes. Dado que este cristiano, aunque se adecua al cumplimiento de las normas de su comunidad, tiene la sensación de que le queda algo muy importante por hacer para servir más y mejor al Señor, toma la decisión de abandonar su comunidad, sin que ello signifique que quiere dejar de ser discípulo de Jesús.
Una vez que ha dejado su antigua comunidad religiosa, el citado cristiano empieza a formar parte de un movimiento, al cual le cuesta un gran esfuerzo adaptarse, ya que no se le exige orar determinadas horas dado que se considera que cuanto más ora más ama a Dios, no se le priva de estar en contacto con el mayor número de personas posible -aunque las mismas no sean creyentes- porque se sostiene la creencia de que los cristianos tenemos el deber de salvar al mundo por la transmisión del Evangelio de persona a persona, etcétera, pues ello significa un cambio de vida demasiado grande para que se adapte en un corto espacio de tiempo a quienes no le obligan a hacer nada presionándole diciéndole que, si no les es obediente, le expulsarán de su movimiento, lo cual no hace suponer que debe de dejar de cumplir los deberes característicos cristianos que todos conocemos.
Andrés y Juan le hicieron a Jesús una pregunta muy significativa, dado que la misma encierra otros tantos interrogantes, así pues, los futuros Apóstoles del Mesías, le preguntaron al Maestro:
¿Quién eres?
¿Cuál es tu profesión?
¿Cuáles son tus ideales?
¿Crees en Dios hasta el punto de vivir inspirado por tu fe?
Los Santos Andrés y Juan, cuando Jesús respondió las preguntas que ambos le plantearon, si tenían algo claro, es que iban a ser sus seguidores, costárales lo que les costara el hecho de caminar junto al mayor conocedor de la verdad de Dios al que habían tenido la oportunidad de conocer personalmente.
Fueron tan grandes el amor y la confianza que San Juan tuvo con respecto a Jesús, que, durante la última Cena del Mesías con sus Apóstoles, recostó su cabeza sobre el pecho del Señor, por lo cual en griego se le llamó "Epistehios", -es decir-, el que está sobre el pecho.
El amor de San Juan por el Mesías fue tan grande, que superó el miedo que podía tener cuando no se separó del Señor durante la Pasión y muerte del Redentor, a pesar de que ello podía significar su encarcelamiento, al ser considerado como colaborador del ajusticiado.
San Juan escribió en su Evangelio algo que sucedió cuando Jesús fue crucificado, lo cual es un hecho de los más amados por los cristianos de entre todos los relatos evangélicos (JN. 19, 25-27).
El hecho de ser el más amado de los Apóstoles del Señor, significó para San Juan la recepción del privilegio de hacerse cargo de la Madre del Mesías, a pesar de su juventud. Si para muchos jóvenes que sólo piensan en su egocentrismo es una carga el hecho de asumir responsabilidades en beneficio de otras personas, para San Juan debió ser un gran honor el hecho de recibir en su casa a la Madre de su Salvador.
Exceptuando otros relatos bíblicos de los Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles en los que aparece nuestro Santo, existen ciertas leyendas que, a mi juicio, -sin la intención de ofender a quienes las acepten como ciertas-, aparentan ser más leyendas de ficción que hechos reales, a no ser que se diera el caso de que Dios hiciera el tipo de milagros espectaculares que muchas veces queremos ver, y que nunca hace, para que vivamos de la sola fe, por lo que vamos a prescindir de la meditación de las mismas en esta ocasión.
Antes de terminar esta meditación, deseo invitaros a que leáis el Evangelio de nuestro Apóstol. Pocos autores han sabido demostrarnos cómo, en la Persona del Hijo de María, Dios se hizo Hombre, para demostrarnos el amor de la Santísima Trinidad para con nosotros.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos dé una fe grande y fuerte como la de San Juan Apóstol y Evangelista.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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