Meditación.
El mensaje de Jesús ilumina la vida de los cristianos.
(IS. 60, 1). Seguimos celebrando la Natividad de Nuestro Señor, quien es la luz que ha amanecido sobre nosotros, por consiguiente, tanto en la Palabra como en la obra del Hijo de Dios y María, vislumbramos el sentido de nuestra vida.
Recordemos el siguiente fragmento evangélico, con el fin de que podamos valorar la salvación que nos ha logrado el Redentor de las naciones: (MT. 16, 13-17).
Quizá hemos pensado infinidad de veces que la gente que nos rodea no vive la fe cristiana que dice que profesa, pero, ¿nos hemos interrogado sobre quién es Jesús para nosotros?
A continuación, por medio de las siguientes citas del Evangelio de San Juan, veremos quién es el Mesías para nosotros, aunque nuestra fe no sea lo suficientemente grande, como para que podamos aceptarlo sin reservas.
Una de las razones por las que no aceptamos a Jesús, es el desconocimiento que tenemos de la Palabra y el significado de la obra del Señor, así pues, apliquémonos las palabras que Jesús le dijo en cierta ocasión, a una mujer que no quiso satisfacer su sed (JN. 4, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Jesús no resuelve los problemas que caracterizan nuestra vida, y, en lugar de proponernos aumentar la fe que tenemos en Dios, por medio de la lectura de la Biblia y de la asistencia a las celebraciones litúrgicas y a las reuniones catequéticas, lentamente, quizá sin percatarnos demasiado de ello, dejamos de creer en Nuestro Padre común. Aunque nos sea difícil comprender esta realidad, Dios no puede darnos los dones que no somos capaces de utilizar convenientemente. De la misma manera que hay gente que tiene mucho dinero y no le importa despilfarrarlo porque desconoce los efectos de la pobreza, de nada nos serviría gozar de los dones y virtudes divinos, sin saber valorarlos ni aplicarlos a nuestra vida.
Recuerdo el caso de un adolescente que en cierta ocasión me dijo que tenía un gran deseo de alcanzar la santidad. Al mismo tiempo, el citado joven me dijo que quería leer libros extrabíblicos, porque había leído mucho los Evangelios, y necesitaba que se le interpretara la Palabra de Dios, pues tenía dudas que no se le resolvían, por más que consultaba la Palabra divina contenida en las Sagradas Escrituras. He conocido a mucha gente que ha tenido un gran deseo de alcanzar la santidad después de haber concluido unos ejercicios espirituales, pero ese deseo, que parecía insustituible, pereció en medio de dudas de fe y de actividades frenéticas.
Aunque es fácil pedirle explicaciones a Dios por todas las situaciones que no comprendemos, es difícil buscar las respuestas que deseamos conocer en la Biblia, y aún más difícil es querer resolver nuestras dudas de fe en el medio en que nos desenvolvemos, porque, desgraciadamente, pocos son los que tienen el deseo de dar a conocer sus creencias cristianas.
Aunque algunos cristianos nos dedicamos a predicar la Palabra de Dios, no somos nosotros, sino el Espíritu Santo, quien tiene la virtud de ayudarnos a encontrar las respuestas que pueden resolver las dudas de fe que nos caracterizan, antes de conocer profundamente al Dios Uno y Trino.
¿Hemos adquirido el hábito de orar, o sólo nos dirigimos a Dios y a sus Santos cuando queremos que nos concedan todo tipo de favores? La oración de petición puede ser un signo de la confianza que tenemos tanto en Dios como en sus hijos los Santos, pero, si tiene la pretensión de poner a prueba el amor de Dios para con nosotros, carece de valor, excepto que se dé el caso de que necesitemos dicha prueba, y la pidamos sinceramente, sin la intención de querer tener sometido a Dios a nuestro servicio.
A quienes tienen la costumbre de orar, les emocionan las siguientes palabras con que Jesús se dirigió a la citada samaritana de Sicar: (JN. 4, 26).
No acepto que se me pretenda hacer creer, por parte de algunos detractores del Catolicismo, que no nos es lícito pedirles dádivas a Jesús ni a sus Santos, pues, San Juan, escribió en su Evangelio, las siguientes palabras de Jesús: (JN. 14, 13).
El hecho de que Jesús nos concederá todo lo que le pidamos en oración, cuando ello sea conveniente para la salvación de nuestra alma, es garante de que podemos creer en Jesús, a quien ya sabemos que podemos dirigirle nuestras oraciones sin pecar. Dado que entre nosotros muchos se sienten pecadores, y por ello creen que no son dignos de recibir dádivas divinas, Jesús nos dice que Dios será glorificado cuando Nuestro Señor nos conceda lo que le pidamos, para que tales hermanos aumenten su fe en que son hijos de Dios, pues, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Salvador, han merecido ese privilegio.
Con respecto al hecho de que no pecamos al dirigirles nuestras oraciones a los Santos, San Pablo, nos dice, teniendo en cuenta que todos los creyentes son dignos de alcanzar la santidad, las palabras que leemos en EF. 6, 18.
La Palabra de Jesús, es el alimento que fortalece y mantiene nuestro Espíritu dispuesto a profesar la fe que nos caracteriza (JN. 6, 35. 51).
La Palabra de Jesús ilumina tanto nuestra fe, como las circunstancias que vivimos, con tal que no renunciemos al hecho de ser Hijos de Dios (JN. 8, 12. 9, 4-5).
Nuestra aceptación de Jesús es crucial para que nuestra alma pueda ser glorificada, pues, el Mesías, nos dice: (JN. 8, 23-24. 5, 24).
Jesús es la puerta de acceso al Reino de Dios (JN. 10, 9).
Además de ser la puerta que accede al Reino de Dios, Jesús es el Buen Pastor capacitado para salvarnos (JN. 10, 11. 14-15).
Jesús es la plenitud de la felicidad que hemos sido llamados a alcanzar por Nuestro Padre común (JN. 11, 25-26).
Jesús es el Camino que nos conduce a la presencia de Dios, la Verdad que añoramos conocer, y la Vida eterna de gracia que deseamos alcanzar (JN. 14, 6).
Todos vivimos vinculados a Jesús espiritualmente, y, para que dicha unión sea perfecta, nos es necesario ser purificados de nuestros pecados (JN. 15, 1-5).
Después de haber hecho la meditación contenida en este mensaje, ¿nos pondremos en las manos de Jesús, y le pediremos que haga de nosotros fieles discípulos y apóstoles, dispuestos a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com