¿Debemos celebrar los cristianos la Navidad social?
Si examinamos la Biblia, nos damos cuenta de que Dios no es un Juez que nos exige que seamos una especie de hombres infalibles porque nos ha creado imperfectos, ni un espía que busca desesperadamente defectos en nosotros para aplicarnos su justicia implacable, así pues, Él quiere que celebremos fiestas en las que se cumplan una serie de condiciones, como lo son el aumento del conocimiento de su Palabra en beneficio del crecimiento de nuestra fe, la mejora de nuestras relaciones con ÉL y con nuestros prójimos, y el hecho de impulsarnos a ser mejores personas cristianas. Si las fiestas que celebramos dejan de cumplir uno solo de los requisitos citados, hemos de impedir la celebración de las mismas, porque ello es un deber de conciencia. Siguiendo las instrucciones bíblicas, la Iglesia nos insta a que celebremos fiestas, siempre que no descuidemos el culto a Dios, y que atendamos las carencias de nuestros familiares y de quienes son pobres, y están enfermos o desamparados. De nada me aprovecha el hecho de poner el nacimiento de Jesús en mi casa si no estoy pendiente de las necesidades de mi mujer ni me responsabilizo de paliar el sufrimiento del mundo según las escasas posibilidades que están a mi alcance para ello. Sucede en este tiempo que muchos conocedores de la Palabra de Dios se dedican a celebrar la Navidad de una forma que Dios desaprueba, comiendo y bebiendo sin control, negándose a crecer espiritualmente, imposibilitando el aumento de sus relaciones personales, y atentando contra su propia salud. Naturalmente todos somos libres para hacer lo que queramos con nuestra vida, pero, a parte de que no podemos hacer nada que perjudique a nuestros prójimos, como beber sin control para conducir después y tener un accidente que acabe con la vida de nuestros familiares o amigos, merecemos ser felices actuando de una forma adecuada para lograr aquello por lo que se esfuerzan quienes creen que se merecen vivir un futuro mejor. de la misma manera que Dios nos amó hasta el extremo de dejar que su Hijo muriera por nosotros, no hemos de olvidar que la ejecución de su justicia no se puede interrumpir. No pretendo decir que quienes no cumplan las normas de Dios irán al infierno, sino que todos recogeremos aquello que sembremos, así pues, del tabaco y el alcohol son consecuentes enfermedades muy graves, pero, del esfuerzo por fomentar las relaciones con nuestros prójimos, son consecuentes muchos frutos que no merece la pena perder (EF. 4, 17-22).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com