lunes 26 de diciembre de 2011

Fiesta de los Santos Inocentes. Interroguemos a Dios sobre el dolor por medio de la biblia.

   Padre nuestro.
 
   Miércoles, 28/12/2011, fiesta de los Santos Inocentes, Mártires.
 
   Interroguemos a Dios por medio de la Biblia sobre el dolor.
 
   La Navidad es un tiempo en que deseamos permanecer junto a nuestros familiares, y pensamos mucho en aquellos de los tales con quienes tenemos diferencias que dificultan gravemente nuestras relaciones. En estos días también nos acordamos de quienes ya no están con nosotros porque nos han precedido al partir hacia la casa de Nuestro Padre común, y también pensamos mucho en nuestros fracasos, hasta el punto de correr el riesgo de olvidar los éxitos que hemos cosechado.
 
   El día en que recordamos el martirio de los Santos Inocentes, además de estar consagrado a la defensa  del derecho a vivir de los niños que son abortados, -porque creemos que dichos pequeños son asesinados injustamente, tal como les sucedió a los Santos cuya memoria estamos celebrando-, nos hace acordarnos especialmente de nuestros familiares y amigos que han fallecido, y de los débiles de este mundo.
 
   ¿Por qué existe el dolor en el mundo?
 
   Si Dios nos ama, ¿por qué permite que el sufrimiento deje su inolvidable huella en nuestra vida?
 
   La resolución de la cuestión del dolor es complicada, porque no podemos responder todas las preguntas relacionadas con el sufrimiento satisfactoriamente. En tiempos pretéritos, cuando se les explicaba a los cristianos que el dolor se adueñaba de la vida de mucha gente porque es consecuente del acto de desobediencia con que Adán y Eva le demostraron su soberbia a Nuestro Santo Padre, ellos, aunque no dejaban de padecer, sentían que habían resuelto una cuestión existencial que, aunque les seguía afectando, la soportaban, con la esperanza de que Dios los librara del sufrimiento, cuando concluyera la instauración de su Reino en esta tierra.
 
   La evolución de las ciencias relacionadas con el estudio del pensamiento, nos obliga a buscar respuestas relacionadas con el sufrimiento, que quizá no fueron tan necesarias en el pasado, como lo son en nuestros días. Si a los cristianos de nuestro tiempo se les explica que sufrimos porque pagamos la desobediencia de nuestros ancestros para con Dios, amparados en la Psicología, se convencen de que Nuestro Santo Padre es totalmente injusto, porque cada cuál debe ser responsable de sus actos, y nadie debe pagar el mal que han hecho otros. Esta es la causa por la que muchos cristianos han llegado a pensar que Adán y Eva nunca existieron, y que la historia de ambos fue inventada, para explicar, gráficamente, cómo entró el mal en el mundo. Tal explicación es insuficiente en nuestros días porque contiene muchas lagunas si la meditamos a la luz de las ciencias relacionadas con el estudio del pensamiento, pero en el pasado fue aceptada sin apenas ser cuestionada.
 
   ¿Ha perdido la Palabra de Dios contenida en la Biblia la validez con que ha sido aceptada por los cristianos, porque la ciencia nos ha demostrado que la misma es insuficiente, para iluminar las cuestiones que deben ser satisfechas, desde el campo de la espiritualidad?
 
   La Palabra de Dios no ha perdido valor ni credibilidad, así pues, lo que sucede con la misma, es que debe ser expuesta a la humanidad de todos los tiempos, sin ser manipulada, -porque Dios jamás cambiará su forma de ser y de pensar-, pero debe ser predicada, de forma que pueda ser comprendida. Esta es la razón por la que Nuestro Señor les dijo a sus Apóstoles, durante la celebración de su última Cena, antes de ser crucificado:
 
   "Tendría que deciros muchas cosas más, pero no podríais entenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará para que podáis entender la verdad completa" (CF. JN. 16, 12-13).
 
   Si el Espíritu Santo es quien nos hace conocer la verdad divina a los cristianos, debemos tener en cuenta que el Defensor que nos envió Jesucristo opera en nuestra alma gradualmente, adaptándose a nuestra capacidad de comprensión y aceptación de la voluntad de Dios. Si el Espíritu Santo, -que es el amor de Dios-, puede adaptarse a nuestra capacidad de comprender la Palabra de Dios, y de adaptarnos gradualmente a la aceptación del cumplimiento de su voluntad, también puede evangelizar a la humanidad de todos los tiempos, adaptándose a las circunstancias que caracterizan todos los tiempos históricos, en que es predicada la Palabra de Dios.
 
   Si intentamos resolver la cuestión del dolor de cada habitante de este mundo, nos encontramos con que ello no es posible, porque sólo Dios, que es quien conoce nuestra vida, sabe la razón por la que no nos ha impedido sufrir, pero, si examinamos el dolor más generalmente, podemos obtener del mismo enseñanzas trascendentales, que nos ayudan a crecer espiritualmente. Resumiendo lo que pretendo deciros en este párrafo, afirmo que no sé por qué nací ciego, pero sí estoy persuadido de que el dolor no es inútil, porque aporta enseñanzas importantes a nuestro crecimiento.
 
   Quizá me preguntaréis:
 
   Al decir que Dios no nos ha impedido sufrir, ¿estás reconociendo que permite que padezcamos?
 
   Dios no quiere que suframos para divertirse a costa nuestra, pero, efectivamente, El no nos priva de padecer, porque el dolor nos es útil.
 
   Cuando Dios creó a los hombres, nos concedió una libertad que, por no haberla utilizado bien, nos ha apartado de su presencia. Hay situaciones en que podemos sufrir porque Dios permite que ello suceda, pero hay otras ocasiones en que somos nosotros quienes causamos el dolor que nos afecta. Si fumamos mucho o consumimos alcohol y queremos tener un hijo, y el mismo nace con alguna deficiencia, no deberemos culpar a Dios de ese hecho. Se me puede objetar diciéndoseme que Dios debe tener poder para impedir que el supuesto niño no nazca enfermo, pero Nuestro Santo Padre no puede actuar de esa forma, porque El quiere que seamos responsables de nuestros actos, y no actúa impidiéndonos el uso de la libertad que nos ha concedido. Dios no abandonará al niño enfermo, pero no impedirá la enfermedad de la que sus padres son los causantes.
 
   Muchos autores, al exponer la cuestión del dolor, utilizan muchas razones, con tal de que sus oyentes o lectores, no crean que Dios es culpable, de que el mal exista en el mundo. Es complicadísimo el hecho de juzgar todos los casos de maldad y sufrimiento que existen, pero es importante recordar que Dios no nos creó para hacernos sufrir, sino para concedernos la plenitud de la felicidad, y, si somos víctimas del sufrimiento, Dios se aprovecha de este hecho, para hacernos crecer espiritualmente, y para conducirnos a su presencia. Yo no creo que Dios es el culpable de que exista el mal en el mundo, en el sentido de que merezca ser juzgado por ello, pues El se aprovecha del dolor de los hombres, para santificarlos.
 
   He tenido la oportunidad de conocer muchas experiencias de hermanos en la fe que profesamos que tienen depresión, que, al pedirles consejos a sus sacerdotes para superar su estado, han sido reprendidos agresivamente, y han sido acusados de no querer tener fe en Dios, lo cuál ha empeorado su situación. El hecho de creer que el sufrimiento existe porque somos pecadores, tiene terribles consecuencias, así pues, Jesús, que sabía de dichas consecuencias, porque su religión propagaba la citada idea, se revelaba contra ese hecho.
 
   Consideremos el siguiente texto del Evangelio de San Lucas:
 
   "En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo"" (LC. 13, 1-5).
 
   Las víctimas del sacrificio de Pilato y del derrumbamiento de la torre de Siloé, fallecieron por una causa que no estaba relacionada con sus pecados. Dios, que conoce la forma en que ha de hacernos crecer espiritualmente, al comprender su voluntad y aceptar cumplir la misma, ha dispuesto que unos sean ricos y otros pobres, y que unos gocen de buena salud, y que otros sufran terriblemente, porque, todo lo que nos sucede en esta vida, nos encamina a vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
 
   En cierta ocasión en que un sacerdote supo que un feligrés de su parroquia había pasado muchos años postrado en una cama por causa de una grave enfermedad, la cual lo hizo morir. exclamó: "El pobre hombre ha pagado sus pecados con la enfermedad que lo ha matado". Puede suceder que Dios permita que contraigamos una enfermedad si estima que ello es necesario para impulsar nuestro crecimiento espiritual, pero este hecho no justifica la creencia de que todo el sufrimiento que existe en este mundo, se basa en que todos hemos pecado.
 
   De más está decir que Dios no permite que suframos para castigarnos como quien impone una sanción económica, porque El se adapta a nuestra comprensión, para enseñarnos sus caminos.
 
   Dado que el dolor constituye parte de nuestra formación espiritual, Dios permitió que su Primogénito lo padeciera. San Pedro escribió en su segunda Epístola:
 
   "Si se os castigara por ser culpables, ¿qué mérito tendría vuestro sufrimiento? Pero que sufráis aún habiendo hecho el bien, es cosa que agrada a Dios. Por algo habéis sido llamados a seguir las huellas de Cristo, que padeciendo por vosotros, os dejó un modelo a imitar. Cristo "no cometió pecado, ni se encontró mentira en sus labios". Cuando le injuriaban, no respondía con injurias, sino que aguantaba el  sufrimiento sin amenazas de venganza y se ponía en manos de Dios, que juzga  con justicia. Cristo subió al madero cargando sobre sí nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos con toda rectitud. Habéis sido, pues, salvados a costa de sus heridas" (1 PE. 2, 20-24).
 
   Según hemos leído en el citado texto petrino, a Dios le agrada que suframos sin haber merecido ser castigados, porque el dolor es una materia imprescindible, que forma parte de nuestra formación cristiana. El dolor nos hace reflexionar sobre los valores en que creemos, nos ayuda a valorar a los familiares y amigos, y las propiedades que tenemos, al mismo tiempo que nos hace conscientes de lo que significa para nosotros, el hecho de relacionarnos, tanto con Dios, como con sus Santos.
 
   El dolor nos hace reflexionar sobre la necesidad que tenemos de no vivir aislados, porque, de la misma manera que muchos necesitan ser ayudados cuando están enfermos o se sienten pobres, no debemos descartar la posibilidad de que, algún día, seamos nosotros quienes necesitemos ser sostenidos por la generosidad de quienes nos rodeen en ese tiempo.
 
   San Pedro insiste en que, si sufrimos como deben hacerlo los buenos cristianos, imitamos a Nuestro Salvador, así pues, el primer Papa de nuestra Iglesia Católica, afirma la idea sobre la que estamos meditando, que es la utilidad que el dolor tiene en nuestra vida. Volvamos a recordar las siguientes palabras del citado Apóstol de Nuestro Señor:
 
   "Por algo habéis sido llamados a seguir las huellas de Cristo, que padeciendo por vosotros, os dejó un modelo a imitar" (2 PE. 2, 21).
 
   Jesús no pecó cuando los hombres le hicieron sufrir, y, cuando se enfadó, no insultó a sus oponentes, aunque sí expuso sus pensamientos sobre los mismos con gran claridad, lo cual le costó la vida.
 
   De la misma manera que Jesús padeció durante su Ministerio y  cuando vivió su Pasión pacientemente, imitemos a Nuestro Señor, sabiendo que, el dolor característico de nuestra vida, no es inútil, sino que tiene un significado, que Dios mismo nos explicará, cuando lo considere oportuno.
 
   Jesús nunca amenazó a sus detractores, y, durante las horas que se prolongó su agonía, se puso en manos de Dios, que es lo que debemos hacer, cuando nos toque sufrir. Si creemos que el sufrimiento tiene una utilidad que actualmente desconocemos, pongámonos en las manos de Dios, pues no nos arrepentiremos de confiar en Nuestro Santo Padre.
 
   Cuando suframos, en vez de pensar que somos unos fracasados, debemos agradecerle a Dios todo el bien que nos ha hecho, porque, aunque no nos gustan todas las circunstancias relativas a nuestra vida, existen muchas razones por las que debemos estar contentos de haber tenido la oportunidad de vivir. Tenemos familiares y amigos por los que seguir viviendo, bienes que hemos conseguido que nos recuerdan que nuestro trabajo ha producido fruto, y una ideología que defender.
 
   Además de darle gracias a Dios por todo el bien que nos ha hecho, cuando padezcamos, debemos pedirle que nos ayude a frontar y confrontar nuestra nueva situación, porque, otro nuevo beneficio del dolor, sobre el que aún no hemos meditado, consiste en que nos enseña a confiar en Nuestro Santo Padre, en Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, y en el Espíritu Santo.
 
   Quizá algunos me diréis que para mí es fácil escribir esta meditación y meditar mecánicamente ciertos versículos de la biblia que los católicos consideramos la mayoría de las veces que reflexionamos sobre el tema que estamos considerando, pero yo puedo responderos que puedo plantearos esta reflexión, no sólo desde el punto de vista de la Biblia, sino desde la óptica de mi experiencia personal del dolor. Como cualquier persona que ha vivido varias décadas, he vivido enfermedades, separaciones, muerte de seres queridos y problemas laborales. No pretendo deciros que mi experiencia del dolor es la más difícil de soportar, sino que sé algo del sufrimiento, y sobre la manera que debemos sobrevivir al mismo, para que no nos deje una marca que nos haga sufrir aún más de lo que hemos padecido, aunque desaparezcan parte de nuestras dificultades actuales.
 
   Aunque el dolor nos sirva para crecer espiritualmente, si Dios nos ama, ¿cómo puede vernos padecer, y no acude en nuestra ayuda, cuando sufrimos?
 
   La pregunta que nos estamos planteando, nos surge en dos casos: cuando desconocemos a Dios, y cuando dudamos de El. Si pensamos en todo lo que Dios ha hecho y aún hará por nosotros, nos avergonzamos de haber dudado de El, por no comprender la razón por la que padecemos.
 
   Se me puede decir:
 
   La exposición sobre la significación del dolor que estás haciendo es muy complicada. ¿Por qué no reconoces que sufrimos porque, en el caso de que Dios exista, no nos ama?
 
   San Pedro escribió en su primera Carta:
 
   "Así que someteos bajo la mano poderosa de Dios, para que él os encumbre en el momento oportuno. Confiadle todas vuestras preocupaciones, ya que él se preocupa de vosotros" (1 PE. 5, 6-7).
 
   Por su parte, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto:
 
   "¿No sabéis, en fin, que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y habita en vosotros? Ya no sois los dueños de vosotros mismos" (1 COR. 6, 19).
 
   Durante la celebración de su última Cena con sus amigos íntimos, antes de ser arrestado en Getsemaní, Jesús les dijo a sus más fieles seguidores:
 
   "Cuando llegue ese día (en que estaremos en la presencia de Dios), vosotros mismos presentaréis vuestras súplicas al Padre en mi nombre. Y no necesito aseguraros que yo voy a interceder ante el Padre por vosottros, pues es el Padre mismo quien os ama. Y os ama porque vosotros me amáis a mí y habéis creído que yo he venido de Dios" (JN. 16, 26-27).
 
   Hemos visto, en los textos bíblicos que acabamos de recordar, que Dios se preocupa por nosotros, que nuestros corazones son la morada del Espíritu Santo, y que Dios Padre nos ama. Nuestro valor personal es infinito, porque nuestro precio es el de la Sangre de Cristo, que fue derramada en el Calvario, para demostrarnos que no estamos sólos en este valle de lágrimas, porque Dios nos ama.
 
   Si nuestros corazones son la morada del Espíritu Santo, también son el templo del Padre y del Hijo, si aceptamos el Evangelio predicado por Jesús, según se nos informa en el siguiente extracto del cuarto Evangelio:
 
   "El que acepta mis mandamientos y los pone en práctica, es el que me ama de verdad; y el que me ama será amado por mi Padre, y también yo le amaré y me manifestaré a él.
   Judas, no el Iscariote, sino el otro, le preguntó: -Señor, ¿cuál es la razón de manifestarte sólo a nosotros y no a los que son del mundo? Jesús le contestó: -El que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. Por el contrario, el que no hace caso de mi mensaje, es que no me ama. Y este mensaje que os transmito no es mío; es del Padre, que me envió" (JN. 14, 21-24).
 
   Aunque el sufrimiento tiene un importante efecto purificador, debemos pedirle a Dios que nos ayude a eliminar el dolor que no nos es necesario. Supongamos el caso de una adolescente que llora desconsoladamente porque se ha enamorado de un joven que no le corresponde. Tal adolescente debe reponerse de lo que cree es un fracaso que le dolerá siempre, y debe intentar seguir buscando la felicidad que añora, con otro hombre.
 
   Muchas veces sufrimos contemplando nuestros problemas más de lo necesario. dios no nos ha creado para que suframos, pero nosotros somos verdaderos especialistas maximizando nuestras dificultades, hasta llegar a convertir un grano de arena en la montaña más alta del mundo.
 
   También debemos pedirle a Dios que nos enseñe a tomar decisiones correctas a largo plazo. Las mujeres maltratadas que no se separan de sus cónyuges porque estos aseguran que las aman, y siguen recibiendo golpes pacientemente, porque sus maridos a veces son cariñosos con ellas, están cometiendo un error muy grave, que muchas de ellas terminarán pagando, con su propia vida.
 
   Rara es la semana en que no recibo al menos una veintena de correos electrónicos, en que mis lectores se quejan de que Dios hace que sufran más de lo que pueden hacerlo. Con respecto al hecho de que podemos creer que nuestro dolor es superior a nuestra capacidad de soportarlo, San Pablo, nos instruye, en los siguientes términos:
 
   "Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no permitirá que seáis  puestos a prueba más allá de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la  prueba os proporcionará también la manera de superarla con éxito" (1 COR. 10, 13).
 
   Vivamos como buenos cristianos los días del dolor, porque Dios nos ama, y, todo lo que nos sucede, está encaminado a nuestra salvación.
 
   Le pido a Dios que os colme de bendiciones, y os conceda la plenitud de la dicha.
 
José Portillo Pérez
 
 

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