sábado 3 de diciembre de 2011

Domingo II de Adviento del ciclo B. Meditación de las lecturas de la Misa.

   Padre nuestro.
 
   Domingo, 04/11/2011, Domingo II de Adviento del ciclo B.
 
   Preparémonos para recibir al Señor cuando acontezca su segunda venida o Parusía.
 
 
 
   1. Comentario de la primera lectura (IS. 40, 1-5. 9-11).
 
   Estimados hermanos y amigos:
 
   Muchas veces, cuando contemplamos el sufrimiento que caracteriza a la mayoría de los habitantes del mundo, le preguntamos a Dios:
 
   Si verdaderamente nos amas, ¿por qué permites que haya tanto dolor en el mundo?
 
   No podemos responder las cuestiones relacionadas con el sufrimiento tal como quisiéramos hacerlo, pero, al leer la Biblia, nos percatamos de que Dios nos ha dado la vida, para que, en conformidad con nuestras posibilidades, aliviemos a nuestros prójimos los hombres, del dolor que los caracteriza. Esta es la razón por la que leemos en la primera lectura de la Eucaristía de este Domingo II del tiempo preparatorio de la Navidad:
 
"Consolad, consolad a mi pueblo
-dice vuestro Dios.-" (IS. 40, 1).
 
   Fijémonos en que Dios no nos pide que realicemos obras que superan nuestra capacidad de llevarlas a cabo. Nadie sabe mejor que Dios que, individualmente, no podemos exterminar la miseria del mundo, pero ello no nos impide ayudar a algún necesitado, visitar a los presos y a los enfermos, ni consolar a quienes se sienten desamparados. Es importante para nosotros recordar este hecho, porque, muchos cristianos, al pensar que no pueden eliminar totalmente la miseria del mundo, se abstienen de hacer las obras de caridad que pueden llevar a cabo, pensando que las mismas carecen de utilidad, pues ello no es cierto.
 
   En el tiempo de Adviento, la Iglesia nos recuerda que, si, al ser conscientes de que hemos pecado, nos comprometemos a no hacer el mal, y a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común, Dios nos acoge en su presencia, porque somos sus hijos.
 
   Es cierto que Dios perdona nuestros pecados, en el sentido de que dichas obras no nos impiden acercarnos a su presencia, pero este hecho no significa que nuestro Santo Padre nos libra de atenernos a las consecuencias de las malas obras que hemos llevado a cabo. Muchos son los que se niegan a reconocerse pecadores, con tal de no hacerles frente a las consecuencias de las malas obras que han llevado a cabo, pues, quienes carecen de humildad, difícilmente podrán recorrer el camino de la reconciliación y la conversión.
 
   En el texto que estamos considerando, leemos:
 
"Hablad al corazón de Jerusalén
y decidle bien alto
que ya ha cumplido su milicia,
ya ha satisfecho por su culpa,
pues ha recibido de mano de Yahveh
castigo doble por todos sus pecados" (IS. 40, 2).
 
   Los cristianos somos colaboradores de Cristo, a quien ayudamos a predicarle el Evangelio a la humanidad, para aumentar el número de los hijos de Dios. En el texto que estamos considerando, no se nos dice que prediquemos de cualquier manera, despreocupándonos por la acogida de nuestro mensaje que harán nuestros oyentes -o lectores-, pues tenemos que hablarle al corazón de Jerusalén, tenemos que evangelizar, no sólo a los no creyentes, sino a los hijos de la Iglesia a que pertenecemos, pues es preciso que todos tengamos un profundo conocimiento del Dios Uno y Trino.
 
   El mensaje que tenemos que anunciarle al mundo, consiste en decirle que, aunque tenemos que afrontar las consecuencias del mal que hemos hecho, y de los errores que hemos cometido, Dios nos sigue amando, por lo que aún estamos a tiempo de amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, para formar parte de su Reino.
 
   Vivimos en un tiempo en que la pobreza sigue creando inseguridad e inestabilidad, y en que las prisas del mundo en que vivimos nos inducen a marginar a los pobres, enfermos y solitarios, a veces, sin percatarnos de este hecho, pero, a pesar de ello, Dios nos ha prometido que va a convertir la tierra en un mundo en que todos viviremos como hermanos, en que no existirá el sufrimiento.
 
   El hecho de afrontar las consecuencias del mal que hacemos, no significa que Dios nos odia y nos castiga por ello, sino que debemos mentalizarnos de que debemos cambiar de conducta, para que podamos comprender la necesidad que tenemos de vivir como hijos de nuestro Santo Padre, como hermanos que comparten una misma fe.
 
"Una voz clama: «En el desierto
abrid camino a Yahveh,
trazad en la estepa una calzada recta
a nuestro Dios.
Que todo valle sea elevado,
y todo monte y cerro rebajado;
vuélvase lo escabroso llano,
y las breñas planicie.
Se revelará la gloria de Yahveh,
y toda criatura a una la verá.
Pues la boca de Yahveh ha hablado."" (IS. 40, 3-5).
 
   Aunque el texto que estamos considerando constituye un anuncio de la misión que llevó a cabo San Juan el Bautista, y, -al mismo tiempo-, concluye siendo un anuncio -o profecía- de la completa conclusión de la instauración del Reino de Dios entre nosotros, podemos aplicárnoslo, a nuestra vida de cristianos comprometidos, con el cumplimiento de la voluntad de Dios.
 
   ¿Dónde nos dice el Profeta que tenemos que abrirle camino a Dios? Durante las semanas del tiempo de Cuaresma, vivimos una experiencia que conocemos con el nombre de "desierto", que nos ayuda a concienciarnos de que somos inferiores a Dios, a quien aprendemos a buscar, en la medida que nos concienciamos de que lo amamos y necesitamos.
 
   Vivimos en un mundo marcado por la prisa, el ruido, y el alejamiento de los hombres de Dios. Los cristianos creemos que, si vivimos lejos de Dios, nuestra vida es un desierto, en el sentido de que, la esperanza en el cumplimiento de las promesas divinas, nos concede una felicidad, que no está relacionada con los bienes materiales que podamos acumular, ni con nuestra vivencia de los placeres terrenales.
 
   No toda la humanidad puede disfrutar de abundantes bienes materiales y de placeres. Quienes sufren, y por ello nunca salen de su desierto interior, tienen muchas probabilidades de conocer y amar a Dios, así pues, esta es la causa por la que debemos dedicarle grandes esfuerzos a la evangelización de los tales, pues ellos también forman parte de la Jerusalén celestial, -los hijos de Dios-, a quienes, en el inicio de la primera lectura de la Eucaristía de este Domingo II de Adviento, Isaías nos ha pedido que los consolemos de sus aflicciones.
 
   ¿Cómo podemos abrirle camino al Señor en nuestro medio social? Ojalá las buenas obras que han llevado a cabo los cristianos a lo largo de sus veinte siglos de historia, fueran tan conocidas como los pecados que han cometido muchos de ellos. Tenemos una imagen muy negativa en el mundo por culpa de cristianos ambiciosos que han hecho de todo menos amoldarse al cumplimiento de la voluntad de Dios. Esta es la causa por la que se nos tiene un gran recelo, pero no por ello estamos totalmente impedidos, para abrirle camino al Señor en el mundo.
 
   "Trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios", -nos dice Isaías-. Tracemos un camino para que nuestros prójimos los hombres se acerquen a Dios, que no sea pendiente para que puedan recorrerlo, y que sea recto, fácil de recorrer, que no tenga obstáculos que impidan que se acerquen a nuestro Creador, aquellos a quienes pretendemos evangelizar.
 
   Preparémonos para contestar las preguntas que, por no haber sido respondidas en base a las necesidades de los hombres, impiden que los tales se acerquen a nuestro Creador.
 
   "Que todo valle sea elevado", -nos dice el Profeta-. Los que no tienen voz, los que no pueden manifestarse, y todo lo tienen perdido en este mundo, porque no pueden vivir en conformidad con la Ley de su Dios, y se les castiga por ser cristianos, pueden aplicarse las siguientes palabras de nuestro Salvador:
 
   "«Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.»" (MT. 19, 30).
 
   Nos es necesario prescindir del excesivo orgullo que puede impedirnos amar tanto a Dios como a nuestros prójimos los hombres. Este es el significado de las expresiones referentes a que los montes sean allanados, y a que las breñas se vuelvan planicies.
 
   Cuando Jesucristo concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, se nos revelará su gloria, y todos seremos testigos del amor y poder del Dios Uno y Trino, pues esto es lo que ha prometido la boca de Yahveh, y en ello se cifra nuestra esperanza cristiana.
 
   El siguiente extracto del texto de Isaías que vamos a meditar, fue aplicable a San Juan el Bautista y a nuestro Señor, pero también se puede decir que se refiere simbólicamente a nosotros, porque tenemos la posibilidad de ser predicadores del Evangelio.
 
"Súbete a un alto monte,
alegre mensajero para Sión;
clama con voz poderosa,
alegre mensajero para Jerusalén,
clama sin miedo.
Di a las ciudades de Judá:
«Ahí está vuestro Dios.»" (IS. 40, 9).
 
   El hecho de predicar el Evangelio desde un monte, con una voz potente cuyo mensaje el eco lleve por los montes, me sugiere la posibilidad que tenemos de poner los medios de comunicación que estén a nuestro alcance, al servicio del anuncio del Evangelio.
 
   Si allanamos los montes de la soberbia humana, podremos predicar el Evangelio desde los lugares, medios de comunicación y situaciones, que requieran de buenos predicadores, que sean aptos para cumplir la voluntad de nuestro Padre común.
 
   Isaías nos habla de un predicador que es "alegre mensajero para Sión". Mucha gente no cree en Dios por causa de la mala impresión que le damos los cristianos. Es verdad que el bien que hacen muchos cristianos es ocultado por los pecados de otros creyentes, pero hemos de tener en cuenta que, para que el mundo sienta deseos de cristianizarse, nosotros tenemos que demostrarle que Dios existe, y que es posible vivir formando parte de su familia, esforzándonos por ayudar a concluir la plena instauración de su Reino de amor y paz en el mundo. Un cristiano que cumple la voluntad de Dios por compromiso, por miedo a condenarse o de mala gana, no es un buen ejemplo, ni para sí mismo.
 
   No debemos predicar con voz tímida, sino con una voz poderosa, demostrando la firmeza que caracteriza nuestra convicción cristiana. Imaginaos a un vendedor intentando convencer a sus clientes de que el producto que vende carece de calidad. De la misma manera que tal vendedor fracasaría en su intento de ganarse el pan, así fracasan espiritualmente, los cristianos que tienen una fe débil, y no se esfuerzan, ni por mantenerla, ni por aumentarla.
 
   Digámosle al mundo sin miedo: "Ahí está vuestro Dios". Si predicamos cambiando nuestra fe firme por el miedo al que dirán, a cómo reaccionarán nuestros oyentes -o lectores- al vernos predicar, y a lo que pensarán de nosotros aquellos de nuestros familiares y amigos que no quieren que seamos cristianos, difícilmente podremos hacer un trabajo útil en la viña del Señor.
 
   Dios es celoso. Dios no acepta que le tributemos el culto que El solo merece a nadie ni a nada que pueda sustituirlo, ni a nuestros respetos humanos. Dios quiere ser todo en nosotros, porque, su conocimiento y aceptación, constituyen el único camino, que, al ser recorrido, nos lleva a alcanzar la plenitud de la felicidad.
 
"Ahí viene el Señor Yahveh con poder,
y su brazo lo sojuzga todo.
Ved que su salario lo acompaña,
y su paga le precede" (IS. 40, 10).
 
   Si somos predicadores carentes de miedo, podremos decirle al mundo que esperamos el día que Dios venga a nuestro encuentro, y concluya la instauración de su Reino entre nosotros. Hace falta mucho valor para anunciarle al mundo que Dios va a venir a nuestro encuentro, pero ello va a suceder, porque, nuestro Padre común, no puede mentir.
 
   Dios viene acompañado del salario de la salvación con que premiará a sus fieles hijos, y con la paga correspondiente a todos los hombres de todos los tiempos, que será dependiente de la fe que hayan depositado en El, y de las obras que hayan llevado a cabo.
 
"Como pastor pastorea su rebaño:
recoge en brazos los corderitos,
en el seno los lleva,
y trata con cuidado a las paridas" (IS. 40, 11).
 
   Es cierto que Dios nos hará justicia cuando se nos manifieste, y que nos compensará según la fe que tenemos en El y las obras que hayamos hecho durante nuestra vida, pero no debemos tenerle miedo al día de la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo para juzgarnos, porque el Dios Uno y Trino es el Dios del amor, que tiene especial predilección por los pobres, los enfermos, los débiles y los desamparados, a quienes, aunque no los libra del sufrimiento en muchas ocasiones, porque tienen que recorrer esa vía de purificación y santificación, los colmará de bendiciones, y los hará inmensamente felices.
 
 
 
   2. Comentario del Salmo responsorial (SAL. 84, 9ab-10. 11-12. 13-14).
 
   Después de meditar y comprender el mensaje de la primera lectura correspondiente a la celebración eucarística del Domingo II de Adviento, nos disponemos a orar, y nos valemos para ello del Salmo responsorial, correspondiente a la citada celebración.
 
"Voy a escuchar de qué habla Dios.
Sí, Yahveh habla de paz
para su pueblo y para sus amigos,
con tal que a su torpeza no retornen" (SAL. 84, 9).
 
   ¿Vivimos escuchando de qué nos habla Dios?
 
   ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de nuestro Padre común?
 
   ¿Aceptamos y predicamos la paz de la que nos habla el Señor en los cuatro Evangelios?
 
   ¿Somos miembros del pueblo de los hijos -y por tanto amigos- de Dios, o, después de conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, retornaremos a nuestra condición de hombres y mujeres carentes de esperanza cristiana?
 
   Escuchad de que habla el Señor los pobres, porque, si lo acogéis en vuestro corazón, aunque tengáis que sufrir, El os enriquecerá espiritualmente.
 
   Escuchad de qué habla Dios los que estáis enfermos, y aceptadlo incondicionalmente, para que, la sabiduría que os conceda, os haga soportable vuestro estado, y acreciente vuestra esperanza de vivir en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
 
   Escuchad de qué habla Dios quienes os sentís solos, y aceptadlo sin imponerle condiciones, para que, tanto El como sus hijos, sean la familia que os priven del aislamiento que padecéis.
 
   Escuchad de qué habla Dios quienes vivís alejados de vuestros familiares, y aceptadlo plenamente, porque el se os hará el encontradizo, siendo Padre para fortaleceros, Madre para consolaros, y Hermano, para haceros soportables vuestras cargas.
 
"Ya está cerca su salvación para quienes le temen,
y la gloria morará en nuestra tierra" (SAL. 84, 10).
 
   ¿Cómo podemos creer que la salvación del Señor se nos acerca, si estamos rodeados de sufrimiento e incomprensión?
 
   ¿Cómo podemos creer que el Reino de Dios será plenamente instaurado entre nosotros, si este hecho lleva miles de años anunciándose, y aún no acontece?
 
   En la Carta bíblica a los Hebreos, leemos:
 
   "No perdáis, pues, el ánimo. El premio que os espera es grande. Pero es preciso que seáis constantes en el cumplimiento de la voluntad de Dios, para que podáis alcanzar la promesa. Porque falta ya muy poco; el que ha de venir vendrá sin retrasarse" (HEB. 10, 35-37).
 
   "Ya está cerca su salvación para quienes le temen". ¿Nos es necesario tenerle miedo a Dios, para poder ser salvos?
 
   El temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues es el respeto que le debemos al Dios Uno y Trino.
 
   Cumplamos la voluntad de Dios por amor y respeto, tanto a El como a nuestros prójimos los hombres, e incluso a nosotros mismos.
 
   "La gloria morará en nuestra tierra". Seremos hijos de un mundo en que no existirá ningún tipo de sufrimiento. Es esta la razón por la que leemos en la Profecía de Isaías:
 
"Consumirá (eliminará Dios) a la muerte definitivamente.
Enjugará el Señor Yahveh
las lágrimas de todos los rostros,
y quitará el oprobio de su pueblo
de sobre toda la tierra,
porque Yahveh ha hablado (ha prometido salvaros, y lo hará).
Se dirá aquel día: «Ahí tenéis a nuestro Dios:
esperamos que nos salve;
éste es Yahveh en quien esperábamos;
nos regocijamos y nos alegramos
por su salvación.»" (IS. 25, 8-9).
 
"Amor y verdad se han dado cita,
justicia y paz se abrazan" (SAL. 84, 11).
 
   Comprendemos la relación que hay entre la verdad y el amor, pero, ¿son compatibles el amor y la justicia? Nuestro Santo Padre es amor y justicia. La vivencia de las consecuencias de nuestros pecados, tiene el doble propósito de purificarnos y santificarnos, para que seamos aptos para vivir en la presencia de nuestro Padre común, quien, si le amamos, y hacemos el bien, nos concederá la plenitud de la vida y la dicha, sin aplicarnos la justicia que merece la maldad del pecado.
 
"La verdad brotará de la tierra,
y de los cielos se asomará la justicia" (SAL. 84, 12).
 
   Quienes tenemos tantas dificultades para predicar la verdad de Dios, porque la misma es rechazada en nuestro entorno social, nos llenamos de gozo, al recordar que la verdad brotará de la tierra. Esperamos con gozo el día en que Dios mismo concluirá nuestro crecimiento espiritual.
 
   Quienes sufren, al ver que la justicia divina se ejecuta desde el cielo sobre quienes les han hecho sufrir, se alegrarán, pero no lo harán por la dicha de ver sufrir a sus enemigos, sino que lo harán, al comprobar que Dios existe, y se compadece de ellos.
 
"El mismo Yahveh dará la dicha,
y nuestra tierra su cosecha dará" (SAL. 84, 13).
 
   Algún día seremos plenamente felices, y sabremos que nuestra dicha no proviene de ninguna ideología en concreto, sino de las tres Personas que más nos aman.
 
   "Nuestra tierra su cosecha dará". Cuando Dios concluya la instauración de su Reino entre nosotros, no existirá ningún motivo que sea para nosotros motivo de sufrimiento.
 
"La justicia marchará delante de él,
y con sus pasos trazará un camino" (SAL. 84, 14).
 
   Los hebreos que tanto sufrieron cuando fueron conquistados, dominados e incluso deportados a otros países, mantuvieron su fe viva en muchas ocasiones, esperando que Dios se les manifestara, ejecutando su justicia, contra quienes los esclavizaban.
 
   Si creemos que Dios vendrá precedido por su justicia, comprenderemos que, cuando extermine la soberbia de la humanidad, será posible que vivamos en un mundo en que todos seamos hermanos.
 
 
 
   3. Comentario de la segunda lectura (2 PE. 3, 8-14).
 
   Mientras que Dios cuenta con la eternidad para llevar a cabo el cumplimiento de su designio salvífico sobre sus hijos, nosotros, al vivir un número de años reducido, somos impacientes, y, al ver que tarda miles de años en cumplir la promesa de conducirnos a su presencia, perdemos la esperanza muchas veces.
 
   Entre los primeros cristianos, se extendió la creencia de que estaba por acontecer la Parusía de Nuestro Señor. Algunas décadas después de que los Apóstoles de Nuestro Salvador fundaran la Iglesia, al ver que no se cumplía la promesa de la que nuestra fe es objeto, muchos cristianos dejaron de creer en Jesús. Por su parte, San Pedro, que tenía el don de examinar las Escrituras en su conjunto y los signos de los tiempos, les escribió a sus lectores:
 
   "De cualquier modo, queridos hermanos, hay una cosa que no debéis olvidar: que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. No es que el Señor se retrase en cumplir lo prometido, como algunos piensan; es que tiene paciencia con vosotros, y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se conviertan" (2 PE. 3, 8-9).
 
   Si el Señor tarda en conducirnos a su presencia, en vez de pensar que nuestra fe es una vana ilusión, aprovechemos este tiempo de gracia y salvación para crecer espiritualmente, estudiando la Palabra de Dios, cumpliendo la voluntad de nuestro Santo Padre, y pidiéndole al Todopoderoso que nos santifique, por medio de la oración.
 
   Apliquémonos los siguientes consejos que San Pablo les escribió a los cristianos de la iglesia que fundó en Tesalónica:
 
   "Hermanos, os recomendamos finalmente que corrijáis a los indisciplinados , animéis a los tímidos y sostengáis a los débiles, teniendo paciencia con todos.
 
   Mirad que nadie devuelva mal por mal; al contrario, buscad siempre hacer el bien entre vosotros y con todos.
 
   Estad siempre alegres.
 
   No ceséis de orar.
 
   Manteneos en constante acción de gracias, porque esto es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús.
 
   No apaguéis la fuerza del Espíritu ni despreciéis los dones proféticos.
 
   Examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
 
   Evitad toda clase de mal.
 
   Que el Dios de la paz os haga llevar una vida de consagración más auténtica cada día, de modo que todo vuestro ser -espíritu, alma y cuerpo- permanezca sin tacha para el día en que se manifieste nuestro Señor Jesucristo.
 
   Quien os llama es fiel y cumplirá su palabra" (1 TES: 5, 14-24).
 
   Los símbolos bíblicos con que se describe el fin del mundo, no deben ser interpretados literalmente, para no ser tenidos como la contradicción de Dios, pues, ¿por qué debe querer destruir nuestro Santo Padre el mundo que creó para que sus hijos fueran santificados?
 
   En el texto que nos ocupa, tales símbolos significan que el mundo será transformado, para que pueda ser el Reino de Dios, es decir, cuando nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de nuestro Santo Padre, estaremos preparados para habitar en su Reino de amor y paz.
 
   "Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. Entonces los cielos se derrumbarán con estrépito, los elementos del mundo quedarán pulverizados por el fuego (símbolo de purificación del pecado) y desaparecerá la tierra con cuanto hay en ella (esto indica que Dios hará nuevas todas las cosas, es decir, que transformará nuestra espiritualidad). Si, pues, todo esto ha de ser aniquilado, ¿qué vida tan entregada a Dios y tan fiel debe ser la vuestra, mientras esperáis y aceleráis la venida del día de Dios? Ese día en que los cielos arderán y se desintegrarán, y en que los elementos del mundo se derretirán consumidos por el fuego" (2 PE. 3, 10-12).
 
   El día del Señor vendrá repentinamente, igual que un ladrón sorprende momentáneamente a su víctima. Dios no quiere que nos sea revelada la fecha en que va a concluir la instauración plena de su Reino entre nosotros, para que nos probemos la sinceridad con que nos acercamos a El.
 
   Si supiéramos que faltan pocos días para que Dios venga a nuestro encuentro, actuaríamos como lo hacen los Santos, pero podría suceder que no nos impulsara la fe a hacer el bien, sino el temor a la condenación eterna. Si no sabemos cuándo va a cumplir Dios la promesa de conducirnos a su presencia, podrá probar mejor la fe que tenemos en El, y nuestra bondad, porque, al no saber cuándo vendrá a nuestro encuentro, tendremos que comprobar si hacemos el bien por rutina, por obligación ante el miedo de ser condenados, o por amor, tanto a nuestro Padre común, como a nuestros prójimos los hombres.
 
   Si Dios va a salvar a la parte de la humanidad que lo acepte, nosotros queremos ser miembros del pueblo redimido, y por ello debemos vivir preparando nuestro encuentro con el Dios Uno y Trino y sus Santos. San Pedro nos dice que, de alguna manera, si tenemos fe en Dios, y hacemos el bien sin desanimarnos, nuestra conducta contribuirá a acelerar la venida del Señor a nuestro encuentro.
 
   Mientras que el mundo carece de nuestra esperanza, "nosotros, -nos dice San Pedro-, sin embargo, confiados (en el cumplimiento de) la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva que sean morada de rectitud. Por tanto, queridos hermanos, en espera de tales acontecimientos, procurad ser amigos de Dios, limpios e intachables" (2 PE. 3, 13-14).
 
 
 
   4. Meditación del Evangelio (MC. 1, 1-8).
 
   "Principio de la buena noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios" (MC. 1, 1).
 
   ¿Qué es para nosotros el Evangelio?
 
   Si consideramos, -tal como lo hizo San Marcos en el tiempo en que fue colaborador de los Santos Pedro y Pablo-, que el Evangelio es la Buena Noticia de Jesucristo, -nuestro Señor, el Hijo de Dios-, ¿Por qué no nos dejamos interpelar por la Palabra de nuestro Santo Padre?
 
   Quizá, el Domingo I de Adviento, al iniciar un nuevo año litúrgico, hicimos el propósito de ser buenos cristianos, pero, durante los días anteriores, al volver a nuestra vida ordinaria después de concluir la celebración de la Eucaristía, quizá hemos vuelto a sumirnos en nuestra rutina diaria, sin permitir que la gracia de Dios ilumine nuestra cotidianeidad.
 
   ¿Qué nos impide ser mejores cristianos?
 
   ¿Le dedicamos tiempo a la oración?
 
   ¿Leemos la Biblia diariamente, meditando los textos que leemos pausadamente?
 
   ¿Compartimos nuestros conocimientos bíblicos con nuestros familiares y amigos?
 
   El Evangelio es un mensaje vivo, en el sentido de que, por mucho que cambie el mundo, nunca dejará de ser actual, pero, si no nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común, lo convertiremos en una noticia carente de contenido útil, tanto para nosotros, como para quienes podríamos ser un digno ejemplo de fe a seguir, para que desearan vivir en la presencia de nuestro Padre común.
 
   De la misma manera que la actitud que observan quienes son padres suele verse reflejada en sus descendientes, la vivencia de nuestra fe, o bien hace que quienes nos conocen deseen conocer a Dios, o que los tales rechacen nuestras creencias. Esta es la causa por la que algunas religiones cristianas son muy exigentes con sus creyentes, hasta el punto de obligarlos a vestirse determinados trajes, porque, un acto insignificante de uno de los mismos, puede afectar a la imagen de esa religión, por lo que puede debilitarse la fe de uno de sus miembros, y puede reducirse el número de quienes aspiran a conocer la misma.
 
   Recuerdo que la iglesia en la que empecé a ejercer de catequista podía considerarse muerta. Cuando empecé a trabajar en el citado templo, iban a Misa tres o cuatro señoras mayores, las cuales, mientras que el sacerdote celebraba la Eucaristía, se pasaban el tiempo bostezando, e incluso alguna de ellas llegó a dormirse en alguna ocasión.
 
   Las iglesias a que asisto actualmente, son muy participativas, e incluso existen distintos tipos de voluntariados, -como Cáritas y una asociación para proteger a las mujeres que quieren abortar por falta de recursos económicos para mantenerse a sus hijos y a ellas-, en las cuales, sí que entran ganas de averiguar quién es el Dios que hace posible que tanta gente ejercite su solidaridad a cambio de no percibir ningún beneficio económico.
 
   San Marcos nos recuerda, en el Evangelio de hoy, que, en la primera lectura que hemos meditado, se hace una alusión, al cumplimiento de la misión profética, de San Juan el Bautista.
 
   "Así está escrito en el libro del profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. SE oye una voz: alguien grita en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor: abrid sendas rectas para él"" (MC. 1, 2-3).
 
   El texto que estamos recordando, nos da la impresión de que consiste en una conversación mantenida entre nuestro Santo Padre y Jesús, quien recibe con alegría el mensaje de nuestro Creador celestial: "Yo envío delante de ti mi mensajero para que te prepare el camino".
 
   De la misma manera que San Juan el Bautista fue una gran ayuda para Jesús, nosotros también podemos ayudar a nuestro Señor, ora predicando el Evangelio, ora dando ejemplo de nuestra fe orando y haciendo el bien, para contribuir a la rápida instauración del Reino de Dios entre nosotros.
 
   "Juan el Bautista se presentó en el desierto bautizando a la gente. Proclamaba que la conversión es necesaria para recibir el perdón de los pecados" (MC. 1, 4).
 
   La Iglesia no les exige a quienes se bautizan que tengan un amplio conocimiento de la Biblia ni de los documentos en que se describe cómo ha de ser la vivencia de la fe que profesamos, pues, aunque los tales, después de ser bautizados, pueden optar a mejorar su formación, e incluso a servir a la Iglesia, lo primero que se desea para ellos, es que formen parte de la familia de Dios, que puedan tener el gozo de saber que están en la lista de los que han sido redimidos por la Pasión, muerte y Resurrección de nuestro Salvador.
 
   "Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará" (MC. 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (CF. RM. 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva" (RM. 6, 4)" (CIC. 977).
 
   Si no nos convertimos al Señor, si no somos conscientes del mal que hemos hecho, y no nos arrepentimos de haber actuado en contra del cumplimiento de la voluntad de Dios, no se nos pueden perdonar los pecados.
 
   Convertirnos es cambiar nuestra forma de pensar y actuar, por la manera de pensar y proceder de Dios.
 
   Intentemos actuar siempre como lo haría Dios, y abstengámonos de proceder a nuestra manera.
 
   Tratemos a nuestros prójimos, no sólo como lo haría Dios en nuestro lugar, sino como si los tales fueran nuestro Padre común.
 
   El Adviento es un tiempo propicio para que vuelvan a la Iglesia quienes se han separado de la institución de Cristo por cualquier causa, por consiguiente, en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
 
   "Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8)" (CF: CIC. 1428).
 
   Merece la pena detenernos a meditar el texto del Catecismo Mayor que hemos recordado, pues son muy significativas para los católicos.
 
   "La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos". Dios nunca se cansa de llamarnos, a través de las circunstancias de nuestra vida ordinaria, la lectura de la Biblia, las celebraciones eclesiásticas, la naturaleza... A pesar de ello, nosotros no siempre estamos dispuestos a convertirnos al Evangelio, -es decir, nos es muy difícil cambiar nuestra forma de ser, por la forma de ser del Dios Uno y Trino-.
 
   Aun cuando tenemos el deseo de ser como Dios, este hecho es muy difícil de ser llevado a cabo por nosotros. San Pablo, -quien es un gran ejemplo de fe a imitar para nosotros-, a pesar de que tenía un gran deseo de ser Santo, como humano que era, cometía errores, así pues, esta es la causa por la que les escribió a los cristianos de Roma:
 
   "Realmente, no acabo de entender lo que me pasa: quisiera hacer lo que me agrada (quisiera ser un perfecto cumplidor de la voluntad de Dios), pero hago lo que detesto (caigo en el error y el pecado con demasiada facilidad)" (ROM. 7, 15).
 
   ¿Tenemos el mismo problema que tenía San Pablo?
 
   ¿Queremos ser fuertes ante la visión de la adversidad que caracteriza nuestra vida, y perdemos la fuerza y el ánimo que nos son necesarios para vivir fácilmente?
 
   ¿Nos falta coraje para declararnos como cristianos ante nuestros familiares y amigos que rechazan la fe que profesamos, y al mismo tiempo nos sentimos mal por ser tan cobardes?
 
   El hecho de no superar la adversidad, no significa que somos pecadores, sino que tenemos que aumentar nuestro conocimiento de Dios, para que El fortalezca la fe que tenemos, porque aún es débil e inconstante.
 
   Si no nos sentimos fuertes para proclamar a los cuatro vientos que somos cristianos, ello nos sucede porque apenas tenemos fe. Recordemos el coraje con que San Pablo, entre dificultades y enfermedades, era un arduo defensor de su fe.
 
   "Estamos seguros, además, de que todo se encamina al bien de los que aman a Dios, de los que han sido elegidos conforme a su designio. A quienes Dios conoció de antemano, los destinó igualmente, desde un principio (desde antes de crear el mundo), a reproducir en ellos mismos los rasgos de su Hijo, de modo que él fuese el primogénito entre muchos hermanos. Y a quienes Dios destinó desde un principio, también los llamó, los restableció en su amistad y los hizo partícipes de su gloria (gloria que experimentaremos cuando Jesús concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros). ¿Qué añadir a todo esto? Si Dios está a nuestro favor, ¿quién podrá estar contra nosotros? Si, lejos de escatimar a su propio Hijo, lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no habrá de darnos con él todas las cosas?" (ROM. 8, 28-32).
 
   La primera vez que San Pablo estuvo preso, los cristianos de Filipo le enviaron un generoso donativo, para que pudiera vivir dignamente. Nuestro Apóstol, en agradecimiento a tan generoso gesto, les escribió una carta a los citados cristianos, en que, hablándoles de su adversidad, -pues temía por su vida-, les dijo:
 
   "Sé que, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo, todo (lo que me suceda) contribuirá a mi salvación. Así lo espero ardientemente, seguro de no quedar defraudado y de que en todo momento, tanto si estoy vivo como si estoy muerto, Cristo manifestará su gloria en mi persona... Tengo la experiencia de pobreza y de riqueza. Estoy perfectamente entrenado para todo: lo mismo para estar harto que para pasar hambre, para nadar en la abundancia que para vivir con estrecheces. De toda suerte de pruebas puedo salir airoso, porque Cristo me da las fuerzas" (FLP. 1, 19-20. 4, 12-13).
 
   San Pablo nos invita a vivir como deben hacerlo quienes están seguros de que Dios cumplirá la promesa de salvarnos.
 
   "¡Habéis resucitado con Cristo! Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y no en las de la tierra (convertíos a Dios, y no os amoldéis a las creencias contrarias al cumplimiento de su voluntad). Muertos al mundo, vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vida vuestra, se manifieste, también vosotros apareceréis, junto a él, llenos de gloria... En fin, cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (COL. 3, 1-4. 17).
 
   "De toda la región de Judea y todos los habitantes salían a escucharle. Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el Jordán" (MC. 1, 5).
 
   ¿Estamos dispuestos a escuchar y aceptar la Palabra de Dios, para hacer del cumplimiento de la voluntad de nuestro Santo Padre, la principal meta de nuestra vida?
 
   Con respecto al Sacramento de la Penitencia, San Pablo, nos instruye:
 
   "Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!" (2 COR. 5, 18-20).
 
   Comprendo la dificultad que podemos tener al confesarnos ante un sacerdote desconocido, sobre todo cuando los pecados que nos alejan de Dios son graves o vergonzosos. Les compete a los sacerdotes ser receptivos y comprensivos con los confesandos, pasar horas en el confesionario aunque no se les acerque nadie aunque sólo sea para que la gente sepa que los tiene a su disposición, administrar este Sacramento debidamente, y recurrir a un factor que puede ser muy atractivo para los confesandos, que es utilizar la confesión como si fuera una especie de terapia, porque, cuanto mayor es la paz de nuestra alma, somos más receptivos a experimentar el perdón divino, que cuando estamos preocupados.
 
   Creo que todos los predicadores que hemos sido aceptados por nuestros oyentes -y/o lectores-, tenemos la experiencia de que se nos ha acercado gente que necesita ser escuchada, que, aunque carece de nuestra fe, y no desea tenerla, necesita ser consolada. Nos compete a los predicadores, -especialmente a los sacerdotes-, abarcar todo el saber divino y humano que nos sea posible, para intentar hacer felices a quienes se nos acercan durante todo el año, pero lo hacen mucho más en los tiempos litúrgicos fuertes, tales como Navidad y Semana Santa.
 
   "Juan iba vestido de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y lo que proclamaba era esto: -Después de mí viene uno que es más poderoso que yo. Yo ni siquiera soy digno de agacharme para desatar las correas de sus sandalias" (MC. 1, 6-7).
 
   San Juan el Bautista se formó espiritualmente entre los esenios, que constituían una secta eremítica, cuyos miembros vivían aislados del mundo, para no contagiarse del apego de los hombres al pecado, que, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, vivían castamente.
 
   A pesar de que, al formar parte de dicha secta, San Juan tenía prohibido el hecho de relacionarse con quienes no formaban parte de su comunidad, obedeció la llamada que Dios le hizo para que preparara a sus hermanos de raza a recibir a Jesús, aunque continuó viviendo apartado del mundo, por lo que sus oyentes tenían que buscarlo en determinados lugares, de manera que se diferenció de Jesús, porque nuestro Señor, además de ser buscado por la gente, iba al encuentro de quienes querían conocer su Evangelio.
 
   Creo que no existe ni una sola religión, que, a lo largo de su historia, no haya tenido líderes espirituales, que no hayan sido amantes de la obtención de títulos, que hayan hecho que los tales hayan tenido la categoría de personalidades importantes. A pesar de este hecho, en el Evangelio de hoy, San Juan el Bautista aparece como un predicador humilde, reconociendo que Jesucristo es superior a El. Esta es la razón por la que, el citado profeta, dijo en cierta ocasión, refiriéndose a nuestro Salvador:
 
   "El debe desempeñar su papel, cada vez más importante; yo, en cambio, he de ir quedando en la sombra" (JN. 3, 30).
 
   ¿Somos capaces de adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, anulando todo lo que puede impedir que nos relacionemos más y mejor de lo que lo hacemos actualmente con nuestro Padre común?
 
   En el caso de que trabajemos para el Señor, ¿lo hacemos gratuitamente, con la pretensión de cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino, o buscando satisfacer nuestros intereses personales?
 
   "Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo" (MC. 1, 8).
 
   Mientras que el bautismo de San Juan era simbólico, el Bautismo de Jesucristo tiene  la cualidad de hacernos hijos del Dios del amor, a quien sean la gloria y la alabanza de sus fieles hijos, por los siglos de los siglos. Amén.
 

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