sábado, 18 de diciembre de 2010

Estudio bíblico sobre la muerte. Conmemoración de los fieles difuntos, año 2010.

   Padre nuestro.

   Martes, 02/11/2010, Conmemoración de los fieles difuntos, ciclo C, 2010.

   Estudio bíblico sobre la muerte.

   Introducción.

   Si ayer celebramos con alegría la vida, el recuerdo y la obra de la intercesión de los Santos por nosotros, en este día agridulce, recordamos a los cristianos difuntos. Este día es agrio porque recordamos a los que no están con nosotros, pero al mismo tiempo es dulce, porque tenemos la esperanza de que nuestros familiares y amigos que ya no están con nosotros, al final de los tiempos, volverán a recuperar la vida en la resurrección universal, y, junto a nosotros, vivirán eternamente en la presencia de nuestro Padre común.

   El estudio bíblico que os presento en esta ocasión tiene la finalidad de responder los interrogantes que nos planteamos con respecto a la muerte, la condenación de los pecadores y la salvación de los justos. Todas las afirmaciones expuestas en este trabajo tienen una base bíblica que demostraré en este estudio, con el fin de que mis lectores puedan constatar que los pensamientos expresados en este trabajo no son míos, sino que son defendidos tanto por los autores bíblicos como por la Iglesia.

   El hecho de tratar el tema de la condenación de los pecadores puede resultar especialmente doloroso para muchos de nuestros hermanos en este día, los cuales están intranquilos, bien pensando en alguno de sus familiares o amigos por cuya alma temen, o bien están preocupados pensando que no son dignos de ser llamados hijos de Dios, por lo cual merecen ser rechazados de la presencia de nuestro Padre común. Antes de empezar a desarrollar este estudio, es preciso tener en cuenta que nuestro Dios es el Dios del amor, y que lo que menos desea es que suframos, y que seamos alejados de su presencia. Es preciso que seamos receptivos con respecto a la Palabra de Dios, que corrijamos nuestros defectos en la medida que nos sea posible, y que confiemos en que, lo que para nosotros es imposible, es posible para Aquel que permitió el sacrificio de su Hijo en la cruz, con el fin de que comprendiéramos que su amor para con nosotros es inmenso.

   1. ¿Cómo se define la muerte en la Biblia?

   En la Biblia la muerte se define como el fin de la vida.

   "Pues mientras uno sigue unido a todos los vivientes hay algo, pues vale más perro vivo que león muerto. Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria" (ECL. 9, 4-5).

   El autor del Eclesiastés mantenía la creencia de que cuando llega la muerte el hombre desaparece por completo. Recordemos que aún en el tiempo de Jesús, había judíos que, superada la creencia del autor del Eclesiastés, mantenían la creencia de que los muertos, aunque vivían como espíritus marcados por una gran imperfección, que superaba incluso la imperfección de quienes no habían fallecido, al carecer de sus cuerpos mortales, estaban imposibilitados para relacionarse con Dios. Esta segunda creencia, según veremos en este estudio bíblico, tampoco prevaleció entre la gran mayoría de los judíos, ni fue abrazada por los cristianos, tal como tendremos la oportunidad de comprobar, por medio de la Biblia.

   2. ¿Quiere Dios que fallezcamos?

   En el Génesis, leemos:

   "Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente" (GN. 2, 7).

   Algunos traductores bíblicos, en vez de indicar que Dios le insufló al hombre en sus narices aliento de vida, afirman que le concedió un alma viviente (espiritual), lo cual tiene el mismo significado, ya que la intención del autor del Génesis no residía en indicarles a sus lectores hebreos cómo respiran los hombres, sino que Dios les creó a su imagen y semejanza, según el siguiente versículo de la citada obra:

   "Y dijo Dios: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra"" (GN. 1, 26).

   Si Dios le concedió al hombre un alma espiritual para hacerle semejante a Sí, ¿Podemos decir que la muerte estaba incluida en el plan del Todopoderoso, desde que nuestro Santo Padre creó el universo?

   3. ¿Por qué estamos condenados a morir?

   No existe ninguna respuesta fiable al interrogante que nos estamos planteando desde el punto de vista científico. Desde los primeros siglos de la fundación de la Iglesia hasta la celebración del Concilio Vaticano II, se nos ha insistido mucho en que morimos por causa del pecado original que cometieron nuestros antepasados comunes Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer que poblaron la tierra, según el autor del Génesis. Desde el punto de vista de la Psicología moderna, el supuesto de que este hecho sea cierto, plantea un interrogante que, al no poder ser respondido claramente, tiene el efecto de que muchos católicos hayamos llegado a creer que la historia del pecado original es un mito, cuya utilidad consiste en explicarnos cómo el mal y la muerte entraron en el mundo. El citado interrogante, es: ¿Por qué nos castiga Dios por un mal que no hemos causado? A raíz de este interrogante, nos preguntamos: ¿Es creíble el hecho de que nos hubiéramos abstenido de pecar aunque Adán y Eva hubieran sido santos intachables? Además, ¿qué relación hay entre la pérdida de dones preternaturales de nuestros ancestros y la imperfección que nos caracteriza?

   Aceptar como verídica la interpretación cristiana del relato del pecado original y sus consecuencias nos hace entrar en conflicto con diversas formas de estudiar el pensamiento, lo cual tiene el efecto de hacer desaparecer la fe de aquellos de nuestros hermanos cuya instrucción en la Palabra de Dios es insuficiente. Es de tener en cuenta que fueron los cristianos, y no los judíos, quienes les dieron mayor importancia al pecado original y a las consecuencias del mismo. Veamos un ejemplo de ello.

   "Fue un hombre el que introdujo el pecado en el mundo (Adán), y, con el pecado, la muerte. Y como todos los hombres pecaron (supuestamente, porque heredaron la imperfección adquirida por Adán y Eva al desobedecer premeditada y conscientemente a Dios), de todos se adueñó la muerte" (ROM. 5, 12).

   Según hemos visto, la muerte fue el pago que merecimos por causa del pecado cometido por nuestros padres comunes, así pues, recordemos que, antes que ambos pecaran, Dios les dijo:

   ""De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio"" (CF. GN. 2, 16-17).

   El hecho de que la muerte es el salario que merecemos tanto por el pecado de nuestros ancestros como por nuestras transgresiones en el cumplimiento de la voluntad de Dios, también queda expresado en el siguiente texto:

   "Porque el salario que ofrece el pecado es la muerte, mientras que Dios ofrece como regalo la vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro" (ROM. 6, 23).

   4. ¿Qué tipos de muerte podemos experimentar?

   4-1. La muerte física.

   Dios le dijo a Adán cuando le castigó por haber cometido el pecado de origen:

   "Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. (De la misma manera que Dios creó a Adán de la tierra, al morir, sus cenizas volverían a ser parte de la tierra). Porque eres polvo y al polvo tornarás" (GN. 3, 19).

   Dios le dijo a Adán que experimentaría la muerte física cuando llegara el fin de sus días.

   4-2. La muerte espiritual.

   La muerte espiritual consiste en la privación de mantener ningún tipo de relaciones con Dios. Un ejemplo de ello son Adán y Eva, que, por causa de su desobediencia, fueron expulsados del Paraíso terrenal, y, consecuentemente, privados de vivir en la presencia de Dios. Ellos debieron aprender a relacionarse con nuestro Padre común exclusivamente por medio de la fe, pues ya no podían escuchar la voz de Dios, después de ser castigados por causa de su pecado.

   "Y dijo Yahveh Dios: "¡He aquí que el hombre a venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre." Y le echó Yahveh Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida" (GN. 3, 22-24).

   Es interesante que Dios no quería que los hombres tuviéramos vida eterna hasta que nos dejásemos purificar por el fruto de la redención llevada a cabo por Nuestro Hermano y Señor Jesucristo. También es de tener en cuenta que Dios castigó con la muerte espiritual a Adán y Eva, pero esa muerte espiritual no fue definitiva, dado que los tales podrán gozar de la salvación, al final de los tiempos.

   De la misma manera que Adán y Eva fueron castigados con una imagen de lo que será la segunda muerte, con la posibilidad de ser salvos al fin de los tiempos, ello también les sucede a los pecadores, los cuales tendrán una nueva oportunidad de dejarse redimir, según las siguientes palabras de San Pablo:

   "El día del Señor hará luz sobre el valor de lo que cada uno haya hecho, pues ese día vendrá con fuego, y el fuego pondrá a prueba la consistencia de la obra de cada uno. Aquel cuyo edificio, levantado sobre el cimiento (la fe de Cristo), se mantenga firme, será premiado; aquel cuyo edificio no resista al fuego, perderá la recompensa. A pesar de lo cual, él se salvará, si bien como el que a duras penas escapa de un incendio" (1 COR. 3, 13-15).

   Desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, se cumple el siguiente texto paulino en los pecadores irremisibles, y se cumplió en nosotros, hasta que nos dejamos redimir por el Mesías:

   "Tiempo hubo en que vuestras culpas y pecados os mantenían en estado de muerte (espiritual). Era el tiempo en que seguíais los torcidos caminos de este mundo y las directrices del que está al frente de las fuerzas invisibles del mal, de ese espíritu (el demonio) que al presente actúa con eficacia entre quienes se hayan en rebeldía contra Dios. Así vivíamos también todos nosotros: bajo el dominio de nuestras desordenadas apetencias humanas, obedientes a esos desordenados impulsos del instinto y de la imaginación, y destinados, por tanto, como los demás, a experimentar la ira de Dios" (EF. 2, 1-3).

   Los pecadores que aún no se han dejado redimir por Cristo, y los pecadores irremisibles, a imitación del hijo pródigo de la parábola de nuestro Salvador, están muertos espiritualmente.

   ¿Recordáis por qué el Padre del hijo pródigo celebró una gran fiesta por haber recuperado al menor de sus hijos?

   "Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado" (CF. LC. 15, 24).

   Jesús nos explica por medio de San Juan Evangelista que los pecadores deben dejarse purificar con tal de poder alcanzar la salvación, dado que, aunque nuestro Padre común es el Dios del amor, también es el Dios de la justicia, que ha de ser ejecutada forzosamente. Los pecadores que se arrepientan de sus malas acciones podrán ser salvos, pero tendrán que ser purificados antes de vivir en la presencia de Dios, el cual no se toma la rebancha al castigar, pues golpea para que sus hijos valoren la santidad a la que han sido llamados.

   La purificación o regeneración del alma que se nos concede por medio del Sacramento del Bautismo, y se nos mantiene siempre que no nos separemos de Dios, nos insta a desear que llegue el día de la resurrección universal, con el fin de que podamos vivir en la presencia de nuestro Padre común tal como El nos creó originalmente, con cuerpos y almas perfectos.

   En la profecía de Ezequiel, leemos las siguientes palabras de Dios:

   "¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo (revelación) del Señor Yahveh- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?" (EZ. 18, 23).

   Jesús nos explica la necesidad que tenemos de nacer a la vida de la gracia a través del Sacramento del Bautismo.

   "Jesús le respondió (a Nicodemo): -Pues yo te aseguro que sólo el que nace de nuevo podrá alcanzar el reino de Dios. Nicodemo repuso: -¿Cómo es posible que un hombre ya viejo vuelva a nacer? ¿Acaso puede volver a entrar en el seno materno para nacer de nuevo? Jesús le contestó: -Te aseguro que nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu. Lo que nace del hombre es humano; lo que nace del Espíritu es espiritual. No te cause, pues, tanta sorpresa el que te haya dicho que tenéis que nacer de nuevo. El viento (el viento simboliza al Espíritu Santo) sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu" (JN. 3, 3-8).

   4-2-1. ¿Podrán salvarse las buenas personas que no hayan sido bautizadas?

   En el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   ""El hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios; nadie debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. En efecto, el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza" (DH 10; cf. CIC, can.748,2). "Ciertamente, Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello, quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados...Esto se hizo patente, sobre todo, en Cristo Jesús" (DH 11). En efecto, Cristo invitó a la fe y a la conversión, él no forzó jamás a nadie jamás. "Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. Pues su reino...crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia Él" (DH 11)" (CIC. La libertad de la fe).

   "El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la  salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, pero su intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos.

Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento.

A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el bautismo unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento.

"Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad.

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo" (CIC. 1257-1261).

   ¿ES posible que los pecadores puedan ser purificados y tener vida eterna? Según Jesús, esto es posible si tenemos fe en que ello ocurra, pues el Espíritu Santo tiene la misión de santificar a quienes se confíen a El.

   Jesús nos dice:

   "Yo os aseguro que el que acepta mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna; no será condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida. Os aseguro que está llegando el momento, mejor dicho, ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan volverán a la vida. El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha concedido al Hijo ese mismo poder. Le ha dado también autoridad para juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os admiréis de lo que estoy diciendo, porque llegará el momento en que todos los muertos oirán su voz y saldrán de las tumbas. Los que hicieron el bien resucitarán para la vida eterna, pero los que hicieron el mal resucitarán para su condenación" (JN. 5, 24-29).

   El Espíritu Santo, por medio del Bautismo, nos concede la vida eterna mientras nos santifica.

   "Por el bautismo habéis sido sepultados con Cristo; con él habéis resucitado también al creer en el poder de Dios, que le resucitó triunfante de la muerte. Y muertos estabais vosotros a causa de vuestros delitos (pecados) y de la permanencia de vuestras desordenadas apetencias humanas. Pero ahora, Dios nos ha vuelto a la vida con Cristo y nos ha perdonado todos nuestros pecados. Ha destruido el documento acusador que contenía cargos contra nosotros,  lo ha hecho desaparecer clavándolo en la cruz" (COL. 2, 12-14).

   Si durante nuestra vida mortal servimos a Dios en nuestros prójimos los hombres, cuando nuestro Padre común concluya la instauración de su Reino entre nosotros, tendremos la dicha de comprobar que se cumplirán en nuestra vida las palabras del Apóstol:

   "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos (simbólicamente) vinculados también a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, quedando asimilados a su muerte. Por tanto, si Cristo venció a la muerte resucitando por el glorioso poder del Padre, preciso es que también nosotros emprendamos una vida nueva. Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de compartir también su resurrección. Tened en cuenta que nuestra antigua condición pecadora fue clavada con Cristo en la cruz, quedando así destruida la fuerza del pecado y libres nosotros de su servidumbre. En efecto, cuando una persona muere, queda libre del dominio del pecado. Nosotros, por tanto, si hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él; porque sabemos que Cristo, al resucitar, triunfó de la muerte y es ya inmortal; la muerte ha perdido su dominio sobre él. Cuando murió, murió al pecado una vez por todas; su vivir , en cambio, es un vivir para Dios. Igualmente vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús. Que no siga dominándoos el pecado; aunque tenéis todavía un cuerpo corruptible, no os pleguéis a los deseos de este cuerpo. Ni os convirtáis en instrumentos del mal al servicio del pecado. Presentaos, más bien, ante Dios como lo que sois: muertos que habéis vuelto a la vida, y haced de vuestros cuerpos instrumentos del bien al servicio de Dios. No tiene por qué dominaros el pecado, pues no estáis ya bajo el yugo de  la Ley, sino bajo la acción de la gracia" (ROM. 6, 3-14).

   4-2-2. ¿Qué puede ocurrirle al alma humana después de que acontezca su separación del cuerpo al que Dios la vinculó por medio de la muerte física?

   4-2-2-1. La condenación de los pecadores irremisibles.

   Es conveniente recordar que el Dios del amor no permitirá la condenación de los pecadores que se arrepientan sinceramente de sus inocuas acciones, pero, a pesar de este hecho, habrá quienes sean condenados irremediablemente, por su obstinación en no querer reconciliarse con Dios.

   ¿Cuál es, según Jesús, el pecado imperdonable por Dios, que arrastra consigo la condenación del alma de quienes no se arrepienten de cometerlo?

   Jesús nos dice:

   ""Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro" (MT. 12, 31-32).

   "El único pecado que Dios no perdona es la blasfemia contra el Espíritu Santo, por cuanto supone la negación a dar y recibir amor, es decir, es la conversión de quienes viven este pecado en gente carente de todo tipo de escrúpulos" (José Portillo Pérez. ¿Quién es el Espíritu Santo, y qué labor desempeña en los creyentes en Dios? II parte. Solemnidad de la Ascensión del Señor, ciclo C, año 2010).

   El autor de la Carta a los Hebreos, nos dice:

   "¡Es tremendo caer en las manos de Dios vivo!" (HEB. 10, 31).

   Para exponer mejor el significado del citado versículo bíblico, recordemos el siguiente texto de San Pedro:

   "Al integraros en el Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, constituís un templo espiritual y  un sacerdocio consagrado, que por medio de Jesucristo ofrece sacrificios espirituales y agradables a Dios. Pues dice la Escritura: Mirad, yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; quien ponga su confianza en ella, no se verá defraudado. Piedra de gran valor para vosotros los creyentes. En cambio, para los incrédulos: la piedra que desecharon los constructores, se ha convertido en la piedra principal. en piedra de tropiezo, en roca donde uno se estrella. Y, efectivamente,  en ella tropiezan los que no aceptan el mensaje; tal es su destino" (1 PE. 2, 4-8).

   San Pedro hace referencia a las clases directoras de los grandes grupos religiosos de Israel, las cuales rechazaron a Cristo, la piedra angular sobre la que se sostiene el edificio de nuestra fe universal. Como consecuencia del citado rechazo, la ciudad de Jerusalén fue desolada por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I.

   De la misma manera que la obstinación de los líderes de los grandes grupos religiosos de Israel les atrajo la ruina de la Ciudad Santa, los pecadores irremisibles serán rechazados por Dios en el juicio universal, el cual será el último acto con que Dios dará por concluida la instauración de su Reino entre nosotros, salvando a los justos y condenando a quienes le rechacen.

   En razón de la existencia de la salvación de los justos y de la condenación de los injustos, no dejan de ser verídicas las siguientes palabras de la Biblia:

   "Una sola vez han de pasar los hombres por la muerte (física), y a continuación serán sometidos al juicio de Dios. De manera semejante, Cristo se ofreció una sola vez en sacrificio para quitar los pecados de los hombres; después se mostrará por segunda vez, pero ya no en relación con el pecado, sino para bien de quienes esperan de él la salvación definitiva" (HEB. 9, 26-27).

   Sin dejar de hacer todo lo que nos compete en esta vida, debemos prepararnos para recibir a Jesús en su Parusía o segunda venida, como si de ello dependiera nuestra salvación, pues, si la misma depende del amor de Dios para con nosotros, los cristianos no podemos dejar de hacer el bien.

   "Les dijo (Jesús) una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo  y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios"" (LC. 12, 16-21).

   Dado que Dios tarda en cumplir la promesa de salvarnos, podemos tener la impresión de que los pecadores tienen licencia para hacer todo el mal que quieran.

"Se sonríen, pregonan la maldad,
hablan altivamente de violencia;
ponen en el cielo su boca,
y su lengua se pasea por la tierra. (Dicen que son creyentes, pero sus obras les desmienten)...
Oh, sí, tú en precipicios los colocas,
a la ruina los empujas" (SAL. 73, 8-9. 18).

   Esta es la causa por la que leemos en el Salmo 37:

"No te acalores por causa de los malos,
no envidies a los que hacen injusticia (porque actualmente todas sus empresas son fabulosas ante sus ojos).
Pues aridecen presto (rápido) como el heno,
como la hierba tierna se marchitan" (SAL. 37, 1-2).

   Quienes rechacen el perdón de Dios, sufrirán la segunda muerte por causa de sus pecados.

   Jesús les dijo a sus opositores en cierta ocasión:

   "Por eso os he dicho que moriréis en vuestros pecados. Porque, si no creéis que "yo soy el que soy", moriréis en vuestros pecados" (JN. 8, 24).

   Es de notar que los enemigos de Jesús no creían en el Señor porque no podían abarcar los misterios de Dios, sino porque no querían ejercer fe en el Salvador de Israel, dado que ello estorbaba a sus propósitos terrenos, ya que Roma mantenía su status social a cambio de que apaciguaran los ánimos del pueblo, que, pendiente a la profecía de Daniel, que anunciaba el nacimiento del Mesías para aquellos años, se unía a cualquier revolucionario como Judas el Galileo, que estuviera dispuesto a guerrear contra sus invasores europeos.

   Gracias a la parábola del rico epulón (CF. LC. 16, 19-31), podemos deducir cuál es el estado de los pecadores irremisibles, a partir del momento en que son juzgados por Dios. Tales pecadores conservan sus facultades mentales, y permanecen en un lugar de tormento en que no pueden recibir ningún tipo de consuelo que les alivie. Dichos pecadores están separados del lugar en que viven los bienaventurados, y, aunque unos y otros pueden verse, es imposible que puedan encontrarse. Tales pecadores son tenidos por culpables por haber incumplido la voluntad de Dios habiendo conocido a nuestro Padre común mediante las Escrituras Sagradas, y por no haber obedecido a su conciencia, que siempre fue conocedora del bien y del mal.

   "Pero Abraham le dijo (al rico epulón): "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros"" (LC. 19, 25-26).

   Los citados versículos lucanos describen el estado de los condenados, y las siguientes palabras con que finaliza la parábola de Jesús, describen el estado de quienes aún podemos elegir si queremos estar a favor o en contra de Dios, pues tenemos la Biblia, los documentos de la Iglesia, el hecho de reconocer a Dios mediante las realidades características del mundo (la llamada "revelación natural"), y nuestra conciencia, para evitarnos la condenación.

   "«Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento." Díjole Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan." El dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán." Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite."" (LC. 19, 27-31).

   ¿Cuántas veces decimos que necesitamos ver milagros para poder creer en Dios! Esto no es cierto del todo, ya que en la Biblia, después de contemplar milagros con sus propios ojos, muchos fueron los que se negaron a creer en Jesús. Para creer en Dios, más que ver milagros, necesitamos querer aceptar a nuestro Padre común, al Señor Jesús y al Espíritu Santo.

   ¿Cuánto miedo nos han infundido a muchos creyentes, al menos durante los años de nuestra niñez, hablándonos del infierno! Muchos son los que no han caído en el detalle de que ningún cuerpo puede permanecer envuelto en llamas eternamente, arrastrados por dicho temor brutal a ser condenados por Dios.

   Quizá me preguntaréis:

   ¿No se lee en la Biblia que el infierno es un lago de fuego inextinguible?

   Yo os respondo:

   El fuego en la Biblia significa lo que debemos sufrir al cambiar nuestros puntos de vista por la óptica de Dios, por medio de nuestra conversión, la cual difícilmente no será dolorosa. El fuego significa la transformación que lleva implícita la conversión, y el dolor y los sacrificios característicos de la misma. Así pues, cuando en libros como el Apocalipsis se habla del fuego del infierno, se hace referencia a los pecadores irremisibles, los cuales pagarán las consecuencias de no haber querido convertirse al Evangelio de salvación. Pensemos que, si Dios nos ama, y salva a una madre, la cual ve a su hijo entre las llamas del infierno, ¿cómo podrá dicha mujer sentirse feliz en la presencia de su Salvador? Tal señora, por mucho que le agradeciera a Dios su salvación, en vez de ser una buena madre, sería una mala bestia.

   En el libro de Isaías, leemos:

"Así pues, de luna en luna nueva
y de sábado en sábado,
vendrá todo el mundo a prosternarse
ante mí, dice Yahveh.
Y en saliendo, verán
los cadáveres de aquellos
que se revelaron contra mí;
su gusano no morirá
su fuego no se apagará,
y serán el asco de todo el mundo" (IS. 66, 23-24).

   No sabemos nada del tormento de los pecadores, pero sí sabemos que los redimidos sufrirían al ver a los suyos torturados. SE han derramado muchos ríos de tinta especulando sobre el infierno, pero yo, aunque en este estudio estoy expresando el pensamiento de los autores de la Biblia, lo que menos deseo, es infundirle miedo a nadie, pues soy de los que pienso que a Dios no debemos acercarnos por miedo, sino por el deseo de amarle y de ser amados por nuestro Padre común.

   San Pablo también nos insta a que aprovechemos la Biblia, los documentos de la Iglesia, la revelación natural y los avisos de nuestra conciencia, para acercarnos a Dios.

   "No me avergüenzo de anunciar este mensaje, que es fuerza salvadora de Dios para todo creyente, tanto si es judío como si no lo es. Por él se nos da a conocer el hecho de que Dios nos restablece en su amistad por medio de una fe en continuo crecimiento. Lo dice la Escritura: Aquel a quien Dios restablece en su amistad por medio de la fe alcanzará  la vida. Se ha hecho manifiesto que la ira de Dios se abate desde el cielo sobre  toda suerte de impiedad e injusticia, esto es, sobre los hombres que, actuando inicuamente, cierran el camino a la verdad. Porque lo que es posible conocer acerca de la divinidad, lo tienen ellos a su alcance, por cuanto Dios mismo se lo ha puesto ante los ojos. En efecto, partiendo de la creación del universo, la razón humana puede  llegar a descubrir, a través de las cosas creadas, las perfecciones invisibles de Dios: su eterno poder y su divinidad. De ahí que no tengan disculpa, ya que, conociendo a Dios, no le han tributado el honor que merecía, ni  le han dado las gracias debidas. Al contrario, han dejado correr su pensamiento tras cosas sin valor, y su necio corazón se ha llenado de oscuridad... Conocen de sobra la sentencia de Dios que declara reos de muerte a quienes hacen tales cosas; y, sin embargo, no sólo las hacen, sino que aplauden el que otros las hagan. Por eso, tú, quienquiera que seas, no tienes excusa cuando te eriges en juez de los demás. Al condenar a otro, tú mismo te condenas, por cuanto tú, que te eriges en juez, no eres mejor que los demás. Sabido es que el justo juicio de Dios cae con rigor sobre quienes cometen tales culpas. Y tú, que condenas a quienes actúan así, pero te portas igual que ellos,  ¿te imaginas que vas a librarte del castigo de Dios? ¿Te es, acaso, indiferente la inagotable bondad, paciencia y generosidad  de Dios, y no te das cuenta de que es precisamente esa bondad la que está  impulsándote a cambiar de conducta?" (ROM. 1, 16-21. 32. 2, 1-4).

   4-2-2-2. La salvación de los creyentes o justos.

   Sabemos que en la Biblia, la palabra "justo", no sólo denomina al que hace justicia, pues también se refiere al hombre de fe, el cual, no debe de dejar de hacer el bien, pues en ello consiste el cumplimiento de la voluntad de Dios.

   La muerte espiritual (la separación de Dios), no existe para los creyentes, pues, por medio de la fe que les caracteriza, pasan de la muerte física a la vida eterna.

   "Yo os aseguro que el que acepta mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna; no será condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida" (JN. 5, 24).

   Jesús nos sigue diciendo:

   "Os aseguro que el que acepta mi mensaje, jamás morirá" (JN. 8, 51).

   "Mis ovejas reconocen mi voz, yo las conozco, y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán ni podrá nadie arrebatármelas, como no pueden arrebatárselas a mi Padre, que, con su soberano poder, me las ha confiado" (JN. 10, 27-29).

   "Jesús afirmó: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno de los que viven y tienen fe en mi morirá para siempre.
¿Crees esto?" (JN. 11, 25-26).

   Recurriendo nuevamente a la parábola del rico epulón (CF. LC. 16, 19-31), podemos ver cuál es el estado de los justos que mueren y son juzgados por Dios, simbolizado por "el seno de Abraham", lugar al que, según creían los judíos, eran llevados los difuntos, en espera de la ejecución del juicio divino, que decidiría su suerte.

   "Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado... Pero Abraham le dijo (al rico): "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado" (LC. 16, 22. 25).

   San Pablo, siendo conocedor de la suerte de los justos que morían, tenía un enorme deseo de vivir en la presencia de Dios, por lo cual escribió:

   "Sé que, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda del Espíritu de Jesucristo, todo contribuirá a mi salvación. Así lo espero ardientemente, seguro de no quedar defraudado y de que en  todo momento, tanto si estoy vivo como si estoy muerto, Cristo manifestará  su gloria en mi persona. Porque Cristo es la razón de mi vida, y la muerte, por tanto, me resulta una ganancia" (FLP. 1, 19-21).

   "Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste... Por eso, bien en nuestro cuerpo, bien fuera de él, nos afanamos por agradarle (a Dios)" (2 COR. 5, 2. 9).

   En atención a la dicha que caracteriza a los justos que fallecen, una voz celestial afirma en el Apocalipsis:

   "Y oí una voz del cielo, que decía: -Escribe esto: "Dichosos ya desde ahora los muertos que mueren en el Señor. El Espíritu mismo les asegura el  descanso de sus fatigas, por cuanto sus buenas obras los acompañan."" (AP. 14, 13).

   4-3. La segunda muerte.

   La Iglesia nos enseña que Dios nos someterá a un juicio particular cuando perdamos la vida, y, tras el cual, si no somos hallados plenamente puros, por medio de la purificación del purgatorio, -la antesala del cielo-, nuestro Padre común concluirá nuestra santificación. Al final de los tiempos seremos juzgados en el juicio universal. Quienes, en ambos juicios, sean hallados culpables de rechazar a Dios, y de no arrepentirse de sus malos actos, vivirán la segunda muerte, la cual es la que comúnmente conocemos como infierno, y en la Biblia es llamada lago de fuego.

   "Y la muerte y el abismo fueron después arrojados al lago de fuego, es decir, a la segunda muerte" (AP. 20, 14).

   "Pero los cobardes, los incrédulos, los depravados, los asesinos, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y todos los embaucadores  están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, es decir, a la  segunda muerte" (AP. 21, 8).

   Este es el destino de los pecadores irremisibles, según el autor del Apocalipsis:

   "Pero entonces, disponeos a beber el vino de la ira de Dios, a apurar la  copa del inexorable furor divino, a ser torturados con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero. Hay eternos tormentos, día y noche, sin descanso, para quienes adoren a  la bestia y a su imagen, para quienes se hayan dejado tatuar su nombre... Y el diablo, el seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre. Allí,  en compañía de la bestia y el falso profeta, sufrirá tormento por siempre,  día y noche sin cesar" (AP. 14, 10-11. 20, 10).

   "Quien tenga oídos, preste atención a lo que el Espíritu dice a las  iglesias. El vencedor no será presa de la segunda muerte" (AP. 2, 11).

   5. La esperanza en la resurrección.

   A pesar de lo expuesto en este estudio referente a la condenación de los impenitentes, he de deciros que no hemos de dejarnos arrastrar por la imaginación de quienes aprovechan las imágenes infernales para hacer que sus incautos creyentes tiemblen de miedo. Los cristianos debemos evitar perder la esperanza en la resurrección. Nuestra fe nos dice que, cuando Dios concluya la instauración de su Reino entre nosotros, viviremos en su presencia, después de haber sido purificados de nuestra natural imperfección. En el caso de que en nuestro seno familiar haya pecadores irremisibles, siempre oraremos para que se cumplan en nosotros las siguientes palabras:

   "-Cree en Jesús, el Señor, y tú y tu familia alcanzaréis la salvación" (CF. HCH. 16, 31).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, al final de los tiempos, cuando nuestra tierra sea su Reino, nos reúna con nuestros familiares y amigos queridos en su presencia, pues ese es el fin de la fe que nos mueve en este mundo, en el que es tan fácil dejar de creer en nuestro Padre común, nuestro Bien Supremo. Que así sea.

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